Opinión.CUN

Salud, esperanza y sentido de la vida


Silueta del Dr. Javier Schlatter, especialista en Psiquiatría de la Clínica Universidad de Navarra

Dr. Javier Schlatter

Especialista en Psiquiatría de la Clínica Universidad de Navarra

4 de febrero de 2026

Recientemente nos recordaba el Papa que el verdadero tesoro del hombre reside en su corazón. Un corazón que permanece inquieto hasta que alcance su destino, la felicidad. Dicho destino o sentido de la vida se proyecta en el futuro, y necesita esperanza para lograrlo.

Si el sentido de la vida es estrictamente ser feliz, y esto depende de la ausencia de dificultades y sufrimientos, solo cabe vivir en y para el presente, y gozar siempre de buena salud. Exprimir el hoy como si no hubiera un mañana. Si no hay esperanza, sin un horizonte de sentido, la vida se reduce a supervivencia o a puro consumo1. Un consumidor no tiene esperanzas, solo deseos y necesidades; ni necesita un futuro, pues todo se reduce al continuo presente de la satisfacción y el bienestar.

El elemento integrador que nos da equilibrio interior ante los obstáculos del camino, como la enfermedad, es el sentido de la vida. Y ese es, precisamente, el cimiento sobre el que se construye nuestra esperanza. Según de qué esté hecho, y quién dé razón de ella o la garantice, así será de cierta. Como escribió Havel tras muchos años en la cárcel: "la esperanza no es un deseo ni una expectativa o pronóstico, no es el convencimiento de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, al margen de cómo salga luego".

La esperanza agradece el aire fresco del optimismo, pero va más allá, es 'de otra pasta'. El optimismo es pura positividad, está más o menos convencido de que algo saldrá bien, desconoce la duda y la desesperación. La esperanza despunta precisamente cuando fracasa la narrativa del mundo, esa que se apoya en la seguridad de lo que entiende por justo o razonable. De hecho, la esperanza está más emparentada con un pesimismo realista que con un optimismo superficial. No se tiene sin más ni es una forma de ser, sino que muchas veces hemos de reconquistarla sacando fuerzas de flaqueza. La nave esperanza siempre está en búsqueda de un buen viento, una estrella…

Es alegre y contagiosa; el optimismo también, pero tiene las patas más cortas. Cuando nos desorientamos o desanimamos, transforma nuestras dudas y sospechas en confianza. Mueve a actuar, no es presunción. Es la virtud del caminante. A la vez, tiene algo de contemplativa, de espera paciente que facilita la aceptación. Solo ella permite la apertura a lo totalmente nuevo, y tapa la boca a la queja estéril.

El sentido de la vida no se busca, se encuentra y acepta libremente. Viktor Frankl sugería tres experiencias vitales para descubrirlo: el amor a otra persona, el servicio a un ideal y plantar cara al sufrimiento inevitable.

Hay quienes ven en el dolor una limitación a la libertad. Pero por muy dolorosa que sea una circunstancia, siempre podremos asumirla y seguir luchando, si decimos que sí a la vida, si le damos un sentido. ¿Cómo resolver esta aparente paradoja? Una superviviente de Auschwitz, E. Eger, lo hizo entendiendo que la vida es un don, cuyo sentido tiene forma de misión personal y cuya ética es no tanto hacerlo bien o mal, sino qué tipo de persona quieres ser 2.

Byung Chul-Han. El espíritu de la esperanza. Herder 2024

2 Edith Eger. La bailarina de Auschwitz. Ed Booket 2019