Sentir, querer, quererse y madurar
Dr. Luis Gutiérrez Rojas
Psiquiatra, profesor de la Universidad de Granada y conferenciante
15 de junio de 2026
Cuidar el corazón va mucho más allá de lo físico. Implica, ante todo, entender que no es lo mismo sentir que querer. A menudo confundimos ambos términos y damos por hecho que debemos actuar según nuestro estado de ánimo, y esa confusión genera muchas decisiones erróneas.
Para cultivar un corazón sano se recomienda un equilibrio entre la cabeza –lo que pensamos–, la voluntad –lo que queremos– y las emociones –lo que uno siente–. Escuchar las emociones es importante, pero nunca como la única brújula. La madurez nos invita a hacer lo correcto incluso cuando los sentimientos van en otra dirección, y a sostener esos compromisos en el tiempo.
Lo vemos con claridad en la vida cotidiana: ante una traición, en la experiencia del desamor o cuando nos invade el enfado. La clave no está en negar esas sensaciones, sino en no quedar atrapados en ellas ni convertirlas en algo absoluto. Las emociones, también las negativas, forman parte de la existencia y, bien comprendidas, nos ayudan a conocernos y a actuar mejor.
En un contexto social de hipertrofia sentimental, es determinante entender que los sentimientos son inestables, involuntarios y, a veces, difíciles de interpretar. Vivir pendientes de ellos constantemente desorienta, agota y empobrece nuestras posibilidades.
Al corazón hay que escucharlo, sí, pero sin dejar que gobierne nuestra vida entera. Cuando las emociones nos dominan, la existencia se repliega sobre uno mismo y sobre los deseos inmediatos en una búsqueda continua de satisfacción. Lejos de encontrar estabilidad, la tiranía emocional debilita el equilibrio personal al hacerlo depender de algo esencialmente cambiante.
Es fundamental aprender a quererse bien. Esto no consiste en ponerse por encima de los demás ni en actuar con egoísmo, sino en buscar lo mejor para uno mismo, lo cual implica cuidarse de manera coherente en todos los niveles: físico, psíquico y conductual.
Dentro de este horizonte maduro, es clave leer, formarse, entrenar el pensamiento y aspirar a mejorar. Quien se quiere bien no centra su energía en cambiar a los demás, sino en transformarse a sí mismo. Ese giro es decisivo, porque desplaza el foco desde el exterior hacia la interioridad, que es donde se libran nuestras batallas definitivas.
Ejercitar la interioridad es un pilar imprescindible en este trayecto. Es difícil reflexionar rodeados de ruido y de estímulos constantes; por ello, urge aprender a habitar el silencio y la soledad, no como aislamiento, sino como espacios de reflexión. Solo ahí es posible ordenar las ideas, evitar que los pensamientos se vuelvan obsesivos y recuperar la paz.
Velar por las relaciones es vital para nuestro desarrollo. Las personas maduras se abren a los demás, ya que amar y ser amado es una de las claves de la estabilidad. Quien está bien consigo mismo desea que los demás también lo estén; se interesa por el prójimo y se pone a su disposición. Paradójicamente, al salir de nosotros mismos, dejamos de vivir esclavizados por nuestros propios estados emocionales.
Cuidar el corazón es una tarea integral: sentir sin dejarse arrastrar, querer con inteligencia y quererse para poder darse. Es un camino de madurez que no elimina las dificultades, pero permite afrontarlas con más sentido, libertad y equilibrio.