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Ve más el ciego que quien solo ve el detalle


Imagen silueteada de Higinio Marín.

Higinio Marín

Filósofo y rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera

15 de octubre de 2026

Una antigua fábula indostánica cuenta que seis ciegos caminaban juntos cuando encontraron un obstáculo que les impedía el paso. Se aprestaron a explorarlo con las manos y el primero dijo que se trataba de un árbol pues estaba tocando su tronco rugoso; el segundo replicó que era una hiedra, una de cuyas grandes hojas tenía entre sus manos; el tercero respondió que se trataba de un artefacto de guerra pues tenía enormes y pulidas lanzas; en cambio, el cuarto estaba seguro de que era un muro alto y firme que habían levantado en mitad del camino; el quinto intentó persuadirlos de que era una serpiente enorme que él mismo sostenía. Mientras las certezas de cada cual avivaban la discusión, solo el más anciano se había quedado atrás escuchando en silencio, hasta que dijo “es un elefante”. 

La fábula no procede de nuestro tiempo en el que las ciencias se han desarrollado tanto que sus diversas áreas requieren de expertos apenas conocedores de otras especialidades. Pero recoge el elemental sentido común que indica que sabe más el que puede mirar en conjunto que el que se aplica al detalle desde una perspectiva parcial. La especialización forma parte del progreso tecnocientífico y supone una enorme ganancia para el conocimiento, imprescindible para el nivel de desarrollo de las sociedades avanzadas.

No obstante, la especialización requiere por su propia naturaleza un conocimiento exhaustivo y constantemente actualizado que no puede ser general ni holístico, así que ha de tener siempre presente los propios límites. Como resume la fábula de los ciegos, las conclusiones derivadas de evidencias particulares corren el riesgo de errar acertando. Siempre que la realidad es suficientemente compleja no basta la imprescindible exhaustividad del saber especialista, y se requieren visiones capaces de poner en relación los distintos puntos de vista, logrando ver la cuestión desde dentro y desde fuera de cada uno de ellos. Es, pues, imprescindible el trabajo en equipos interdisciplinares y, todavía más, las miradas capaces de totalidades resolutivas.

Por algo, inteligencia en griego significaba poner en relación, conocer el orden: entiende el que ve el problema como una totalidad a partir de conexiones entre lo que parecía inconexo antes de haberlo comprendido. La inteligencia es la capacidad de hallar las relaciones entre lo no afín ni inmediatamente asociable. Es eso en un investigador criminal, en un matemático, en un pensador o en un médico. Pero esas conexiones son tanto más reveladoras —y difíciles— cuanto más desborden los nichos de especialización.

La intuición entrenada del buen diagnóstico

Esa ordinaria genialidad no está hecha de inteligencias puras, sino de experiencia acumulada y descreída de las predominancias, de intuición y sentido común para lo poco común, es decir, para los diagnósticos que requieren una intuición bien entrenada. En suma, todo lo que la inteligencia artificial no puede alcanzar porque es incapaz de afrontar el problema como un asunto estrictamente singular, personal. Si no hay enfermedades sino enfermos es, precisamente, porque los médicos no ven casos de enfermedades genéricas, sino personas singularísimas con enfermedades particulares.

Siglos después de la fábula de los seis ciegos, aunque más de dos mil años antes de nuestro tiempo, Aristóteles se planteó qué saber debería tener quien gobernara la ciudad. Los expertos de la época eran el geómetra, el estratega y el retórico. Su respuesta fue que ninguno de ellos sabía lo necesario para el gobierno de los asuntos generales, aunque todos ellos eran imprescindibles por la importancia de su saber particular. Era el político el que debía escuchar a los expertos en esas materias y decidir en qué medida y cuándo era más pertinente una u otra. Todo ello desde un saber que consistía más en una escucha competente a los expertos que en ser uno más de ellos. 

En la historia de las ideas fue Descartes el que aseguró que no hay lugar para la duda si el conocimiento es claro y distinto. Así que le pareció que era posible saberlo todo, incluso llegar a conocerlo como Dios lo conocía si se superaba toda ignorancia al respecto. De ahí el imperativo que pesa sobre el especialista: solo merece serlo quien conoce todo lo que se sabe al respecto de algo que, obviamente, ha de ser un campo cada vez más restringido.

Pero en la tradición del saber occidental se había ido forjando la idea de que solo sabe realmente el que también sabe que no sabe: desconocer que no se sabe todo es una forma de incompetencia. Al saber al que se suma la conciencia de no saberlo todo se le llamó sabiduría. El sabio no solo no pretende saberlo todo, sino que se sabe insuficiente, aunque sea mucho lo que sepa. Por eso busca fuera de lo que sabe las soluciones a problemas complejos que desbordan las predominancias estadísticas y los protocolos.

Esa complejidad es propia de todo sistema de interdependencias múltiples e irreductibles a patrones de recurrencia. Es decir, es propia de todo lo humano; también de lo orgánico de un ser capaz de saber que no es mero organismo.