EDITORIAL
Como un faro en mitad de la tormenta
Puede que las tempestades formen parte del camino, pero ningún paciente debería transitarlas a oscuras. En nuestro hospital trabajamos para que ese faro —la ciencia al servicio de la vida— nunca se apague. Para que quienes se enfrentan al mar abierto sepan que no están solos y puedan encontrar, incluso en mitad de la tormenta, un rumbo posible.
Hay momentos en la vida en los que el mar, que parecía en calma, cambia de repente. Una palabra —cáncer— puede convertirse en la ola inesperada que desordena el horizonte y oscurece el camino. En medio de esa tormenta, la incertidumbre pesa y el rumbo se pierde. Pero, incluso entonces, siempre queda un punto de luz al que aferrarse.
Ese faro humano es la ciencia. No promete calmar el oleaje, pero sí ilumina. Señala dónde pisar, qué evitar, hacia dónde avanzar. Y detrás de esa luz están los profesionales que, día y noche, la mantienen encendida: oncólogos, investigadores, enfermeras, técnicos… Personas que combinan precisión y ternura, conocimiento y escucha. Guardianes silenciosos que acompañan a quienes navegan en sus horas más inciertas.
Porque el cáncer no es solo una lucha biológica; es un viaje emocional. Y la medicina, cuando se hace con humanidad, no solo trata células: también sostiene miradas, calma temores y devuelve dirección. Cada hallazgo científico, cada avance terapéutico, cada historia de supervivencia es una chispa más en esa luz que guía.
Puede que las tempestades formen parte del camino, pero ningún paciente debería transitarlas a oscuras. En nuestro hospital trabajamos para que ese faro —la ciencia al servicio de la vida— nunca se apague. Para que quienes se enfrentan al mar abierto sepan que no están solos y puedan encontrar, incluso en mitad de la tormenta, un rumbo posible.