Iñaki Idoate: “La vida también consiste en dejar algo bueno en los demás”
Durante más de medio siglo, Iñaki Idoate ha entendido la hostelería como una forma de representar la cultura, el producto y la gastronomía navarra. Esa misma vocación le llevó, años después, a implicarse en los proyectos solidarios de la Clínica Universidad de Navarra. Empresario, propietario del restaurante Alhambra de Pamplona, padre e impulsor de la Gala Benéfica de Niños Contra el Cáncer, resume su vida en tres pilares: trabajo, familia e ilusión
Texto: Borja Centenera
Fotografía: Manuel Castells
15 de octubre de 2026
Iñaki Idoate mide la vida por las personas que se cruzaron en su camino. Su historia comienza en Marcaláin, en el valle de Juslapeña, donde nació y creció hasta que se trasladó a Pamplona para vivir con sus tías, Paca y Lucy. Fueron ellas quienes marcaron su manera de entender el trabajo y la vida. “Tenía apenas catorce años y aprendí el oficio desde dentro, observando, escuchando y trabajando desde el primer día”, recuerda.
El establecimiento era mucho más que un negocio familiar: era una casa abierta a viajeros, peregrinos del Camino de Santiago, comerciantes y familias. Allí entendió que servir una mesa no era solo colocar cubiertos o tomar nota, sino aprender a mirar a las personas y hacer que se sintieran bien desde que cruzaban la puerta.
“En el Europa hacíamos las cosas con ilusión y mi educación se basó en conocer a la gente, atenderla bien, saber estar y comportarse”. Su entusiasmo parece no depender del éxito, sino del camino recorrido. Quizá por eso habla poco de sí mismo y mucho de quienes le rodean. De aquellos primeros años destaca el trabajo compartido: “Éramos nueve hermanos entre cocinas y comedores. Todos nos implicábamos para sacar adelante un proyecto que exigía sacrificio”.
Para Idoate, el éxito de un restaurante depende de la confianza en el equipo: “El personal es un 80% de la empresa. Tienen que confiar en ti y tú en ellos”. Un liderazgo basado en el respeto y la cercanía. Entre sus recuerdos, sonríe al contar que “cada noche, cuando rezábamos el Rosario todos juntos, alguna vez nos comíamos un Ave María o un Misterio para acabar antes”.
Está convencido de que nadie puede aspirar a la alta cocina sin aprender antes las tareas más sencillas: “Si te quieres dedicar a la cocina, tienes que aprender desde abajo. No queda otra, porque el bar que te sirve un bocadillo también es un aprendizaje”. Esa forma de entender el oficio le llevó a Francia en los años 70, cuando en España apenas se conocían elaboraciones como el pato, el magret o el foie. Recorrió restaurantes y aprendió de amigos como Juan Mari Arzak, con quien se reunía en Hendaya para comprar suministros o crear platos.
Con el paso de los años llegaron los reconocimientos. El Europa se consolidó como uno de los referentes de la gastronomía navarra y la familia amplió su actividad con nuevos proyectos, entre ellos el restaurante Alhambra y el Mercao.
Al preguntarle por el mayor acierto de su vida, cabría esperar que hablara de alguno de sus logros profesionales. Sin embargo, responde sin titubear: “Tener a mis tres hijas”. Elena, Paula y Cristina aparecen en la conversación con una emoción distinta. Reconoce que, si pudiera volver atrás, “probablemente hubiera pasado más tiempo con ellas cuando eran pequeñas”.
Después de toda una vida dedicada al trabajo, Iñaki sabe que los éxitos profesionales pierden valor frente al tiempo compartido con la familia. Por eso habla de sus hijas, que le aconsejan y le abroncan, con el mismo orgullo con el que otros hablan de sus restaurantes.
Aunque la hostelería ha cambiado profundamente, está convencido de que, más allá de las modas, hay principios que permanecen. Él recuerda a sus clientes por sus nombres y las conversaciones compartidas, y muchos han acabado convirtiéndose en amigos.
Iñaki, junto a Pilar Lorenzo, directora de RSC de la Clínica, en el restaurante Alhambra.
Iñaki junto a Andrés Gómez Cantero en la primera Gala Benéfica de Niños Contra el Cáncer, en 2014.
El inicio solidario
La conversación da un giro cuando deja atrás los fogones para adentrarse en otro escenario casual. Un día conoció a dos profesionales de la Clínica Universidad de Navarra que le hablaron de un programa para acompañar a niños con cáncer de países con menos recursos que necesitaban tratamiento en Pamplona. “¿Por qué no organizamos un encuentro benéfico?”, les propuso. Llamó a varios amigos empresarios y, en diez minutos, “había conseguido comprometer las primeras cien personas”.
La primera cena, celebrada en 2014 en Pamplona dentro del Torneo de Golf Beatriz Recáriz, reunió a unas 350 personas en el recién terminado Edificio Amigos de la Universidad de Navarra. Hoy, las citas celebradas entre Pamplona y Madrid congregan a 1.800 personas. Un crecimiento que demuestra la capacidad de la solidaridad para reunir a la sociedad alrededor de una mesa. Aquella iniciativa se ha convertido en una cita anual para apoyar la investigación y la atención a niños con cáncer impulsadas por la Clínica.
Recuerda también la vez que Marta Lipúzcoa, antigua directora de RSC en la Clínica, le propuso visitar a un niño cubano con cáncer que estaba siendo tratado en este hospital. Más que la enfermedad, le impresionó su actitud: “Le vi con una ilusión tremenda”. Aquella imagen quedó grabada en su memoria. “Me transmitió esa sensibilidad que tienen los niños enfermos”, explica. Desde entonces, las galas dejaron de ser únicamente un compromiso solidario para convertirse en algo profundamente personal.
Evita cualquier protagonismo e insiste en que “quienes merecen el reconocimiento son los médicos, las enfermeras, los investigadores y todas las personas que acompañan a esos niños”. Él solo intenta aportar “un granito de arena”. Entiende la solidaridad como una forma de devolver a la sociedad parte de lo recibido. Un mismo hilo une al joven que aprendió a atender clientes con el empresario que hoy impulsa la investigación contra el cáncer infantil: la vocación de servir.
Imagen de la última Gala Benéfica celebrada en Madrid en junio de 2026.
Imagen de la primera Gala Benéfica celebrada en el campus de la Universidad de Navarra, en 2014.
Un legado que mira al futuro
A sus setenta años, Iñaki Idoate podría hablar de jubilación con la tranquilidad de quien siente que ya ha cumplido todos los objetivos que se propuso. “¿Piensa retirarse en algún momento?”; “Algún día llegará, pero esta es mi ilusión, junto con mi familia y el golf”, afirma con absoluta naturalidad.
No habla de las galas como una meta alcanzada, sino como un proyecto que aún puede crecer. Está convencido de que el tejido empresarial puede transformar la sociedad cuando se implica en causas que van más allá del beneficio económico. Por eso quiere sumar a más empresarios y sueña con que grandes empresas financien tratamientos o investigación contra el cáncer infantil. Para él, la solidaridad debe ser un compromiso estable: “La vida consiste en dejar algo bueno en los demás”. Incluso sueña con llenar el Navarra Arena con un concierto benéfico de artistas que actúen de forma altruista.
Después de toda una vida dedicada al trabajo, reconoce que el tiempo es el bien más valioso: “Me siento orgulloso, porque mi vida ha ido bien”. No hay dramatismo en sus palabras, sino la serenidad de quien ha aprendido que el éxito profesional nunca sustituye a una conversación en casa, a una comida en familia o a una tarde por la calle Estafeta de vinos con aquellos a quienes más quiere.
El muchacho que llegó desde Marcaláin para aprender un oficio junto a sus tías terminó convertido en un empresario de referencia que impulsó iniciativas para que niños con cáncer pudieran recibir tratamiento en la Clínica Universidad de Navarra. Y, sin embargo, ninguna de esas etapas cambió su manera de mirar a las personas. Todas responden a una misma vocación: cuidar de quien entra en un restaurante, de quienes trabajan a su lado y de quienes atraviesan momentos difíciles.
Después de más de cincuenta años dedicados a la hostelería y de una vida marcada por el esfuerzo, hay una palabra que sigue apareciendo cuando habla de su pasado y de su futuro: ilusión. La misma que aprendió entre ollas o en la mirada de un niño enfermo. Y también la que, todavía hoy, le impulsa a seguir buscando nuevas formas de ayudar a los demás. Quizá esa sea la mejor definición de una vida bien vivida: aquella en la que el éxito no se mide solo por lo que uno consigue, sino también por el bien que deja a su alrededor.
Se le pide un consejo final: “Lo que puedes hacer hoy, no lo dejes para mañana”.