Investigación y terapia génica para acorralar a las enfermedades raras
Más de tres millones de personas conviven en España con una enfermedad rara. La baja prevalencia, el desconocimiento y la complejidad de estas patologías convierten muchas veces el diagnóstico en un largo recorrido
Texto: Marilén Echapare
Fotografía: Manuel Castells
15 de octubre de 2026
Una mujer joven acude al médico en varias ocasiones por un dolor abdominal intenso, incapacitante y recurrente. Tras visitar diferentes especialistas, ninguna prueba permite explicar lo que ocurre. Las analíticas, normales. La ecografía y el TAC, también. Incluso le practican una laparotomía exploratoria para observar el interior de su abdomen, y nada. No encuentran la causa del dolor. Hasta que un día, alguien se pregunta: ¿y si fuera porfiria aguda?
El especialista solicita un test de Hoesch y ahí ven que tiene una elevación del porfobilinógeno, una sustancia química natural que el cuerpo usa para crear hemoglobina y cuya acumulación está relacionada con la porfiria aguda. Después de una odisea diagnóstica de pruebas, consultas y resultados aparentemente normales, la paciente por fin tiene un diagnóstico. Padece una enfermedad rara.
Este es el ejemplo con el que la Dra. Isabel Solares, especialista en Medicina Interna de la Clínica Universidad de Navarra, relata uno de los principales problemas a los que se enfrentan las personas con enfermedades raras: hay que pensar en ellas para poder buscarlas.
“No puedes diagnosticar lo que no conoces”, apunta la Dra. Solares. A diferencia de otras patologías que pueden aparecer de manera inesperada en una analítica o una prueba de imagen, muchas enfermedades poco frecuentes exigen una sospecha clínica previa y una prueba específica que permita confirmarla. Por eso existen pacientes que pasan años de consulta en consulta, sometiéndose a pruebas sin obtener una respuesta.
DRA. ISABEL SOLARES
Especialista en Medicina Interna de la Clínica
Cuando lo excepcional suma millones
El término puede llevar a engaño. Una enfermedad rara no tiene por qué ser extraña en sus síntomas ni afectar necesariamente a unas pocas personas en todo el mundo. Lo que la define es su baja prevalencia: en Europa, se considera rara cuando afecta a menos de cinco personas por cada 10.000 habitantes.
Bajo esa denominación conviven, además, miles de enfermedades muy diferentes entre sí. Muchas tienen un origen genético y, como explica la Dra. Solares, pueden ser crónicas y progresivas, además de afectar a distintos órganos y sistemas. De ahí que un mismo paciente pueda necesitar la atención de especialistas de áreas muy diferentes.
Pero incluso dentro de una misma enfermedad no existen dos historias exactamente iguales. La alteración de un determinado gen puede expresarse de formas muy distintas y hacerlo, además, en momentos diferentes de la vida. “Cada paciente es único”, insiste la doctora.
Esta variabilidad es una de las razones por las que su diagnóstico puede resultar especialmente complejo. A ella se suma otra dificultad: muchas enfermedades raras necesitan pruebas específicas para ser identificadas, como ocurre en el ejemplo mencionado de la porfiria aguda. No siempre basta con realizar una analítica convencional o una prueba de imagen. El médico tiene que sospechar primero qué enfermedad puede estar detrás de los síntomas y solicitar después el estudio adecuado para confirmarla.
Y aunque cada una de estas enfermedades afecte a pocas personas, juntas dibujan una realidad muy distinta. La Comisión Europea estima que existen entre 6.000 y 8.000 enfermedades raras y que entre 27 y 36 millones de personas conviven con alguna de ellas en la Unión Europea. Orphanet, la principal base europea de referencia en este ámbito, contabiliza actualmente más de 6.500. Alrededor del 80 % son de origen genético y el 70 % comienza en la infancia. En España, el Ministerio de Sanidad estima que alrededor de tres millones de personas viven con una enfermedad poco frecuente.
La baja prevalencia de cada patología, la enorme diversidad de enfermedades y la dificultad para reconocerlas convierten muchas veces el diagnóstico en una carrera de fondo. Según datos de la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER), más de la mitad de las familias esperan más de seis años para obtener un diagnóstico.
Pero ese recorrido está cambiando. Cuando las pruebas habituales no encuentran una explicación, hoy es posible mirar allí donde hasta hace no tanto era mucho más difícil hacerlo: en los genes.
DRA. GLORIA GONZÁLEZ-ASEGUINOLAZA
Directora del programa de Terapia Génica de Enfermedades Raras del Cima
La investigación como eje
“Hoy en día, en un paciente donde todo sale negativo, es más fácil plantearse: vamos a ver cómo están sus genes”, explica la Dra. Gloria González-Aseguinolaza, directora del programa de Terapia Génica de Enfermedades Raras del Cima Universidad de Navarra. En el proceso diagnóstico normalmente se comienza descartando las enfermedades más frecuentes y, si esas pruebas no ofrecen una respuesta, se dirige la búsqueda hacia alteraciones genéticas relacionadas con los síntomas. “Hoy en día, gracias al diagnóstico genético, se avanza más rápido en encontrar una respuesta para este tipo de enfermedades”.
Un paciente con daño hepático, por ejemplo, puede pasar primero por estudios para descartar infecciones, enfermedades autoinmunes o causas tóxicas. Si ninguna explica lo que ocurre, el siguiente paso puede ser buscar alteraciones en genes cuya relación con ese daño ya se conoce. El diagnóstico genético se ha convertido así en una herramienta esencial para confirmar o descartar enfermedades de base genética. Encontrar la alteración genética permite poner nombre a la enfermedad. Pero también abre una pregunta mucho más ambiciosa: si sabemos qué está fallando, ¿podemos corregirlo?
El origen de las enfermedades raras
Aquí entra en juego la terapia génica. “La mayoría de las enfermedades raras, no todas, pero la mayoría, tienen un origen genético”, explica la Dra. González-Aseguinolaza. En estos casos, las mutaciones en el ADN pueden provocar que una proteína no se produzca o que no funcione correctamente. “Este es el origen de la enfermedad”. Actuar sobre ese origen es precisamente el objetivo de la terapia génica.
“La terapia génica realmente es utilizar genes para curar”, resume la Dra. González-Aseguinolaza. Para explicarlo, la doctora establece un paralelismo con otras enfermedades. Si un paciente tiene una infección pulmonar provocada por una bacteria, se utilizan antibióticos para eliminar la causa de esa infección. “En una enfermedad rara el origen está en tus genes y el objetivo para lograr curar la enfermedad es corregir la información que tienen esos genes. Lo difícil es llegar hasta el material genético de los órganos y tejidos afectados del paciente”.
Este camino comenzó a explorarse en Pamplona hace años. El Dr. Jesús Prieto, profesor emérito de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, impulsó el trabajo en terapia génica al considerar que podía tener un futuro prometedor. De hecho, según apunta la Dra. González-Aseguinolaza, el equipo del Cima fue “de los primeros centros en trabajar en Europa en terapia génica para cáncer y enfermedades raras”. Durante años, sus investigaciones se han centrado especialmente en enfermedades hepáticas susceptibles de ser abordadas mediante la modificación genética del hígado. Pero, desde hace ocho años, han abierto nuevas líneas de investigación, trabajando en enfermedades raras neurológicas, hipoacusias hereditarias y enfermedades renales hereditarias. La Dra. González-Aseguinolaza destaca aquí su estrecha colaboración con la Clínica, donde realizan un trabajo coordinado con los diferentes departamentos para poder llevar a cabo la investigación: “Nosotros sabemos desarrollar la cura para estas enfermedades y en la Clínica están los especialistas en las diferentes enfermedades y, por supuesto, los pacientes”.
La terapia génica abre así una posibilidad de tratamiento dirigida al origen de algunas de estas enfermedades. Sin embargo, su alcance es todavía limitado. “La terapia génica es, ahora, una solución para muy pocos pacientes, pero probablemente ese es el futuro”, explica la Dra. Solares.
Mientras la investigación avanza, la realidad del tratamiento es muy diferente de una enfermedad a otra. Algunas cuentan ya con terapias específicas. La Dra. Solares menciona, por ejemplo, las terapias enzimáticas sustitutivas y tratamientos para la porfiria como el givosirán o la hemina. “Hay enfermedades que sí que tienen un tratamiento específico. Y muchas no”. Cuando no existe, la atención se centra en el seguimiento del paciente y en tratar de anticiparse a las posibles complicaciones. “Muchas no tienen tratamiento, simplemente le acompañamos en el proceso y nos intentamos adelantar a las complicaciones”, explica la especialista.
Pero que hoy no exista un tratamiento específico no significa, para Solares, que no pueda existir en los próximos años. “La genética está avanzando muchísimo”, señala. Nuevos genes, variantes y enfermedades permiten hoy obtener diagnósticos que hace dos décadas no eran posibles. Para la Dra. González-Aseguinolaza, esa posibilidad es también la que da sentido a años de trabajo en el laboratorio. “Que la investigación que estás haciendo pueda cambiar la vida de un paciente y de sus familias, realmente es el objetivo”.