Dr. Rábago: “El primer latido después de un trasplante siempre es especial”
El Dr. Gregorio Rábago es cirujano cardiaco. A sus espaldas tiene 30 años de carrera dedicados a la Clínica Universidad de Navarra y una década de formación entre Estados Unidos y Francia. Durante este tiempo, ha realizado miles de cirugías del corazón, pero reconoce que “su niña bonita” es el trasplante
Texto: Alfonso Muerza
Fotografía: Manuel Castells
15 de junio de 2026
Como en las películas. Lleva 40 años trasplantando corazones, pero ese momento siempre es único. El Dr. Gregorio Rábago, director del Departamento de Cirugía Cardiaca de la Clínica Universidad de Navarra, reconoce que, cuando termina de colocar el órgano en el cuerpo del receptor, lo mira fijamente, lo sujeta con una mano y espera esa primera palpitación que confirma que, hasta el momento, todo ha ido bien.
¿Recuerda cuándo asistió por primera vez a una cirugía de trasplante de corazón?
Fue en el año 1988, en París. Acababa de ser aceptado para realizar mi especialidad en el Hospital Pitié-Salpêrière. El primer día que llegué realizamos tres operaciones y, cuando estábamos terminando, surgió un trasplante. Me preguntaron si quería quedarme y no dudé. Estuvimos toda la noche y me fascinó.
Desde ese momento, supe que tendría una relación especial con esta cirugía. Al terminar mi especialización, me trasladé con mi familia a Estados Unidos porque sabía que me faltaban cosas por aprender y recalé en otro centro que hacía muchísimos trasplantes al año. Creo que estas dos experiencias fueron las que me proporcionaron las bases para luego coordinar un programa de trasplantes cuando volví a España.
¿Qué balance hace de estas tres décadas trasplantando corazones en la Clínica?
Mi primer trasplante en Pamplona lo hice en 1996. Desde entonces no he dejado de realizar esta y otras operaciones, porque el volumen de trasplantes en España es menor. En cualquier caso, sin ánimo de ser pretencioso, nuestros resultados siempre han sido sensacionales gracias al esfuerzo de todo el equipo. Uno de los motivos de ese éxito es que estamos muy encima de los pacientes y todos los profesionales están muy involucrados: desde los anestesistas o intensivistas, hasta el equipo de Enfermería, que es fantástico.
Además, la experiencia nos ha permitido simplificar el proceso sin perder la rigurosidad que requiere. Trabajamos muy estrechamente con el Dr. Gavira y la Unidad de Insuficiencia Cardiaca para valorar a los pacientes y considerar cuáles pueden entrar en la lista de espera. Asimismo, la colaboración con el Hospital Universitario de Navarra también es muy estrecha, porque mantenemos reuniones mensuales en las que nos ponemos al día sobre la situación de los pacientes. En definitiva, cumplo 30 años en la Clínica con este programa que hemos sido capaces de ir perfeccionando para lograr los resultados que obtenemos. A nivel personal, también recalco la importancia de la familia y, en mi caso, de mi mujer, Rosana. Ella también es médico y ha entendido todo lo que hago y los sacrificios que conlleva. Desde que empezamos en París, me ha acompañado en todo este periplo.
El Dr. Gregorio Rábago, junto al equipo de trasplantes, en una cirugía realizada en 2011 en la Clínica.
Hemos tenido que aplazar esta entrevista porque, precisamente, le llamaron para realizar un trasplante. ¿Cómo vive las horas previas?
Cuando hay un donante, nos llaman por teléfono y nos informan de las características de ese órgano. Si nos cuadra con las del paciente, lo aceptamos y se lo comunicamos a la Organización Nacional de Trasplantes. A partir de ahí, se monta el operativo, localizamos un quirófano y nos ponemos manos a la obra.
Los datos nos dicen que el 80% de estas cirugías se realizan de madrugada. El equipo de explante acude al hospital donde está el donante y yo voy calculando cuándo comenzar con mi equipo la preparación del receptor, de tal forma que, cuando llegue el órgano, se pueda comenzar ya con la implantación. Cuando terminamos, trasladamos al paciente a la Unidad de Cuidados Intensivos y ahí comienza la siguiente fase de vigilancia y atención médica.
Se trata de un proceso que requiere de una maquinaria muy bien engrasada que se debe ir siempre perfeccionando. Y aunque parezca que la cara visible es el cirujano, es un error, porque la participación de todo el equipo, desde los anestesistas, hasta las enfermeras y los instrumentistas, es esencial para obtener un buen resultado.
En 2025 se realizaron en España 390 trasplantes de corazón, récord histórico, pero hay más pacientes que están en lista de espera. ¿Hacia dónde camina la especialidad para ofrecer alternativas a estas personas?
Trabajamos e investigamos en controlar bien y mejorar la respuesta inmune del receptor. Esto, por ejemplo, nos ayudaría a utilizar corazones de cerdo. También caminamos hacia la utilización de corazones artificiales biomécanicos, es decir, que estén recubiertos de una estructura especial. Y, por último, destacaría algún proyecto que ya se está llevando a cabo en Estados Unidos, que consiste en obtener los órganos, reconstituirlos en el laboratorio y volver a trasplantarlos. En cualquier caso, creo que son proyectos que se deben tener en cuenta a medio o largo plazo.
Desde su experiencia, ¿qué consejo daría a las nuevas generaciones de médicos?
Les diría que nunca pierdan la ambición y las ganas de formarse. Que pongan todos los medios de los que dispongan para conseguir sus objetivos y que se coman el mundo. Soy consciente de que los más jóvenes ahora también tienen otros intereses y es muy legítimo. Yo les digo que, aunque renuncié a muchas cosas, me ha ido muy bien dedicando jornadas interminables de trabajo, porque te enseñaban a ser resiliente y volvería a hacer lo mismo. Era como un entrenamiento para luego aguantar las largas horas de quirófano y ofrecer lo mejor al paciente. Les animo a ser ambiciosos.