Hasta dar con la clave
Hay diagnósticos que llegan rápido y otros que exigen tiempo, escucha y una mirada capaz de conectar las piezas. Porque diagnosticar no es solo poner nombre a una enfermedad, sino comprender qué le ocurre al paciente para decidir cómo ayudarle
Texto: María Domínguez
15 de octubre de 2026
Echar la vista atrás y darse cuenta de que en el último año no ha habido un mes en el que no haya estado malo. Fiebre, vómitos, mareos. Síntomas genéricos, pero recurrentes, que han llevado a la pérdida de casi 10 kilos y a estar por debajo de su peso óptimo. Episodios agudos que implican visitas a Urgencias por deshidratación y que comienzan con la odisea de las pruebas: analíticas, colonoscopias, resonancias magnéticas…
Durante este tiempo, los informes médicos han recogido ansiedad, vértigos, gastroenteritis por Campylobacter, hallazgos accidentales o SIBO, entre otros diagnósticos. Una sucesión de posibilidades, especialistas y medicamentos que se combinan con unas analíticas que muestran un buen estado general. La sensación de estar enfermo continuamente, pero sin una enfermedad clara, provoca un desgaste emocional marcado por el cansancio, los miedos y la incertidumbre, que acaba afectando a distintos aspectos de la vida.
Hay enfermedades que encajan rápidamente en un diagnóstico. Y hay otras que obligan a detenerse, escuchar, volver a preguntar y mirar más allá de un órgano concreto. Pacientes con síntomas que no encuentran explicación, con varias patologías que interactúan entre sí o con enfermedades poco frecuentes requieren una mirada capaz de integrar información aparentemente dispersa. En ese terreno trabaja la Medicina Interna: entre la incertidumbre del diagnóstico, la complejidad de la enfermedad y una medicina que cada vez genera más datos.
Como señala el Dr. Diego Martínez Urbistondo, especialista del Departamento de Medicina Interna de la Clínica Universidad de Navarra, “cuando un paciente se encuentra mal, la reacción habitual es el miedo. No tiene por qué ser a morir, puede ser al dolor, a no poder hacer su vida normal. El diagnóstico no cura, pero le pone patas a dónde vas y a qué puedes esperar. El diagnóstico reduce la incertidumbre”.
El foco
El diagnóstico es un pilar clave: permite orientar un tratamiento específico y reducir el riesgo de error o cronificación. Sin embargo, los especialistas recalcan que el diagnóstico de certeza no siempre es posible, por lo que también existe la presunción o hipótesis diagnóstica.
Diagnosticar no es únicamente identificar una enfermedad. Es dar una explicación a lo que está ocurriendo y utilizarla para decidir qué hacer a continuación. “Diagnosticar no es sinónimo de etiquetar. Es un concepto mucho más profundo de comprender y de entender”, apunta el Dr. Manuel De la Torre.
Antes de una prueba diagnóstica hay una conversación. Antes de interpretar una imagen, una analítica o un resultado molecular, el internista necesita conocer qué le ocurre al paciente, cuándo comenzaron los síntomas y cómo han evolucionado. Es lo que médicamente se llama anamnesis. En una especialidad acostumbrada a enfrentarse a cuadros complejos, la precisión no consiste necesariamente en disponer de más pruebas, sino en saber cuáles son necesarias y qué información aportan.
“El paciente tiene el diagnóstico, aunque no lo sepa. El arte del internista es indagar, preguntar, volver a preguntar. Es saber pedir. Y, por supuesto, estudiar, estudiar continuamente”, explica la Dra. Nerea Fernández Ros.
Por eso, pedir pruebas indiscriminadamente no resuelve necesariamente un problema complejo. Al contrario, puede generar nuevos hallazgos que dificulten todavía más distinguir qué es relevante de lo que no. “Uno no sabe lo que encuentra, si no sabe lo que busca”. La clave está en formular primero una hipótesis clínica y utilizar después las herramientas disponibles para confirmarla, descartarla o abrir nuevas posibilidades.
El paciente en el centro
“¿Qué piensas tú que tienes?” Esta es la última pregunta que el Dr. Martínez Urbistondo realiza a sus pacientes, especialmente cuando vienen de una tercera, cuarta o quinta opinión. Sus palabras, su percepción de los síntomas y la evolución que relatan pueden contener precisamente la pieza que falta.
La consulta, reconoce el especialista, empieza incluso antes de estar en ella. Desde el control, en el momento en que un paciente es llamado, se pueden percibir muchas pistas sobre cómo se encuentra: viene solo o acompañado, quién le acompaña, se le ve nervioso, se levanta con dificultades, está aprovechando para resolver cosas de trabajo o se muestra ansioso cada vez que suena el timbre del monitor de la sala de espera.
El trabajo del internista adquiere otra dimensión cuando la enfermedad no puede explicarse desde un único prisma. Las enfermedades sistémicas, autoinmunes, metabólicas hereditarias, degenerativas o poco frecuentes pueden presentar manifestaciones diversas. También es frecuente que los pacientes con varias patologías acumulen tratamientos y consultas con distintos especialistas.
“No se trata de determinar qué órgano está enfermo, sino de comprender qué está ocurriendo en la persona. El paciente es quien lleva la enfermedad. La Medicina Interna aporta una visión holística. Estamos formados para integrar manifestaciones de diferentes órganos y sistemas, valorar enfermedades sistémicas, analizar interacciones entre patologías...”, resume la Dra. Fernández Ros.
Esta capacidad de ordenar adquiere especial importancia en pacientes con multimorbilidad, en los que una nueva enfermedad puede alterar el equilibrio de las ya presentes, los tratamientos y el riesgo de fragilidad.
“Para el médico, una hipertensión o una diabetes pueden formar parte de la práctica cotidiana; para el paciente, pueden representar un cambio importante en su vida. La relación de confianza permite incorporar esa perspectiva a las decisiones médicas y adaptar los objetivos a aquello que cada persona considera prioritario: prolongar la supervivencia, mantener la autonomía, conservar la calidad de vida o controlar determinados síntomas”, detalla el Dr. Martínez Urbistondo.
Humanismo junto a la tecnología
El diagnóstico ha evolucionado drásticamente en los últimos años. Las técnicas de imagen permiten detectar lesiones cada vez más pequeñas y caracterizar mejor los tejidos. La genética y la biología molecular han permitido identificar enfermedades que antes podían permanecer sin diagnóstico o clasificarse de forma incorrecta. Los biomarcadores aportan nuevas posibilidades para anticipar riesgos, afinar diagnósticos y orientar tratamientos. Y las herramientas digitales permiten monitorizar determinadas enfermedades de manera más continua.
Este avance impulsa una medicina cada vez más personalizada, capaz de conocer con mayor precisión las características biológicas de cada paciente. En paralelo, la inteligencia artificial permite analizar grandes cantidades de información y encontrar relaciones difíciles de identificar mediante el análisis individual.
En este nuevo escenario, el reto, coinciden, no será únicamente conseguir más información, sino saber qué hacer con ella. La capacidad de jerarquizar datos, distinguir una señal relevante del ruido y relacionarla con la historia clínica seguirá siendo fundamental.
“La inteligencia artificial nos va a ayudar muchísimo a hacer esto. Hay que verla como una herramienta utilísima, pero, evidentemente, la parte de la confianza, el hablar con los pacientes y la humanidad son indiscutibles”, apunta el Dr. De la Torre.
Es precisamente en esa combinación donde se dibuja el futuro: más tecnología, más datos y más capacidad de análisis, pero también la necesidad de una medicina capaz de interpretar esa información dentro de la historia de una persona.
¿Qué es la anamnesis?
La anamnesis es la recogida sistemática de información clínica que un profesional sanitario obtiene mediante el interrogatorio del paciente o de personas de su entorno. Constituye la primera fase de la historia clínica y, bien realizada, permite orientar el diagnóstico en un porcentaje elevado de casos antes de cualquier prueba complementaria.
En palabas del Dr. Bruno Sangro, “la clave de la anamnesis está en los detalles. Solamente los conoces si le dedicas tiempo (preguntas mucho) y conocimiento (preguntas bien). Es estar muy atento a las conversaciones. No interpretar lo que quieres oír, sino dejar espacio a quien te cuenta algo. Poner el cerebro, y no solo el oído, para escuchar”.