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La Medicina Interna en el corazón de la CUN


Hace dos siglos, mientras se inaugura en Inglaterra la primera línea férrea y Beethoven escribe la Novena Sinfonía, Laenecc inventa el estetoscopio. En los grandes hospitales, como el General de Madrid o la Santa Cruz, de Barcelona, se empieza a separar a los pacientes por pabellones según su dolencia: fiebres, heridas o problemas mentales. En ellos trabajan médicos y cirujanos, dos profesiones diferentes. El médico no tiene otras herramientas para diagnosticar que su conocimiento y sus sentidos. Receta dietas, sangrías y remedios naturales. Y su práctica se basa en la observación, la tradición y la especulación filosófica

Imagen de varios médicos sentados en diferentes posiciones y junto al retrato de Don Eduardo Ortiz de Landázuri.
De izda. a dcha., los doctores Óscar Beloqui, Pilar Civeira, Bruno Sangro y Jesús Prieto, con un retrato de don Eduardo Ortiz de Landázuri.

Texto: Dr. Bruno Sangro

Fotografía: Manuel Castells

15 de octubre de 2026

Hace dos siglos, mientras se inaugura en Inglaterra la primera línea férrea y Beethoven escribe la Novena Sinfonía, Laennec inventa el estetoscopio. En los grandes hospitales, como el General de Madrid o la Santa Cruz, de Barcelona, se empieza a separar a los pacientes por pabellones según su dolencia: fiebres, heridas o problemas mentales. En ellos trabajan médicos y cirujanos, dos profesiones diferentes. El médico no tiene otras herramientas para diagnosticar que su conocimiento y sus sentidos. Receta dietas, sangrías y remedios naturales. Y su práctica se basa en la observación, la tradición y la especulación filosófica. 

Cincuenta años después el panorama es muy distinto. La medicina ha dejado de ser un arte para ser una ciencia natural. Los gérmenes se identifican con el microscopio, se prescriben principios activos y compuestos químicos, y los pacientes están dormidos mientras se les opera. Claude Bernard publica su Introducción al estudio de la medicina experimental y en el hospital aparece una sala nueva: el laboratorio.  

En 1882, el mismo año en que Koch descubre el bacilo que causa la tuberculosis, se celebra en Alemania el primer Congress für Innere Medizin. Reúne a los médicos que llevan el conocimiento de la fisiopatología y la ciencia del laboratorio a la cama del enfermo para tratar las enfermedades de los órganos internos. La Medicina Interna nace como una especialidad, de la misma forma que la Obstetricia, la Psiquiatría o la Dermatología. No es la madre de todas las especialidades, sino una de la que posteriormente emergen muchas otras.  

A caballo entre dos siglos, en Alemania se forman los internistas que modernizan la medicina española, de Teófilo Hernando a Carlos Jiménez Díaz. Traen de allí una idea muy clara: en el hospital del siglo XX, asistir, investigar y enseñar son tres facetas inexcusables de la labor del médico internista. Discípulo aventajado de Jiménez Díaz, el Dr. Eduardo Ortiz de Landázuri –don Eduardo– trae a Pamplona esa forma de ejercer e impregna de ella nuestro hospital desde sus tareas como director del Departamento de Medicina Interna y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. La Clínica y la Facultad de Medicina nacen con corazón de internista.

Imagen en blanco y negro de D. Eduardo Ortiz de Landázuri, junto a otros médicos, visitando a una paciente.

El Dr. Eduardo Ortiz de Landázuri visitando a una paciente ingresada en la Clínica.

Con el desarrollo científico, algunos campos acumulan tanto conocimiento que ya no pueden ser dominados por todos los internistas. Algunos se vuelven expertos en el corazón, el riñón o la sangre. Surgen nuevas técnicas diagnósticas y terapéuticas –electromedicina, diálisis, endoscopias, quimioterapia– que son exclusivas y requieren maestría. Los internistas que las dominan adquieren identidad y programas formativos propios, y se reúnen en sociedades científicas. Han nacido las otras especialidades clínicas. También es así en la Clínica, a la que don Eduardo incorpora grandes especialistas desde su inicio. Y también internistas que anclan sólidamente el ejercicio de su especialidad, como el Dr. Ignacio Lucas. 

Especialistas de la incertidumbre diagnóstica y la enfermedad de órganos diversos

Esa necesaria profundidad de conocimiento es también motor de progreso de la Medicina Interna como especialidad. El internista se hace experto en el funcionamiento del organismo en su conjunto y son varios los escenarios en los que su presencia cobra gran valor.  

El diagnóstico certero a menudo no es obvio, y menos cuando los síntomas son inespecíficos, como el dolor, la fiebre o el deterioro global de la salud; o cuando el origen es una alteración genética infrecuente, como en las enfermedades raras. Las enfermedades, degenerativas o inflamatorias, que no son privativas de un órgano y los síndromes clínicos complejos. La coincidencia en una misma persona de enfermedades de distintos órganos que se complican una a otra, sobre todo en la edad anciana. El internista se hace especialista de la incertidumbre diagnóstica, de las enfermedades sistémicas y raras, de la pluripatología. Al tiempo que las demás especialidades profundizan en órganos, la Medicina Interna profundiza en pacientes. 

En ese proceso, don Eduardo incorpora a la Clínica al Dr. Jesús Prieto, que continúa y expande el modelo. Con él, ese corazón asistencial mantiene su fuerza, la docencia crece y la investigación adquiere el mejor acicate posible para dar un enorme salto cualitativo. Los laboratorios de investigación crecen y desbordan los límites de la Facultad de Medicina hasta crear el Centro de Investigación Médica Aplicada, el Cima.  

La investigación traslacional –hacer transitar el conocimiento del laboratorio a la cama del hospital y de vuelta al laboratorio–, se convierte en una señal de identidad de la Clínica y en un motor asistencial. Porque la investigación ha de tener foco, la mayor parte de la investigación traslacional de los internistas de la Clínica en ese momento se centra en las enfermedades del hígado, entonces huérfanas de tratamientos exitosos. Y de ese foco y ese ejercicio de investigar nace la Unidad de Hepatología.  

La capacidad vertebradora de la Medicina Interna no es ajena a las tareas de gobierno de la Universidad de Navarra. En torno al Dr. Prieto se consolida un grupo de internistas que llevan esa visión propia de la especialidad a distintas instancias. La Dra. Pilar Civeira y el Dr. Ignacio Herrero al decanato de la Facultad de Medicina y a la dirección científica del Cima. El Dr. Nicolás García y el Dr. Jorge Quiroga a la dirección médica de la Clínica. Y esa misma capacidad vertebradora alienta y apoya la incorporación de las especialidades clínicas aún no presentes en el hospital: Neumología, Reumatología o Enfermedades Infecciosas.

Imagen del equipo de Medicina Interna de la Clínica Universidad de Navarra con el Dr. Nicolás García.
Imagen del equipo de Medicina Interna de la Clínica con el Dr. Jorge Quiroga.

Medicina predictiva y hospitalismo

La vida no para, nuestra sociedad avanza y la medicina con ella, al ritmo creciente que marcan la tecnología y el saber. En los últimos cincuenta años se ha producido una transformación que muestra dos caras bien distintas para los médicos. Por un lado, somos capaces de diagnosticar las enfermedades antes de que se manifiesten, e incluso de predecir su posible aparición y hacer esfuerzos por ralentizar o impedir ese proceso. Nace la medicina predictiva, que en la Clínica cristaliza en la Unidad de Chequeos que pone en marcha el Dr. Óscar Beloqui. Por otro, disponemos de medios cada vez mejores para tratar las situaciones graves a las que a veces llevan las enfermedades y sus tratamientos. Y entre ambos extremos, la asistencia se vuelve complicada y demandante.  

Durante el siglo XX, la especialización transforma el hospital, que deja de ser un lugar relativamente homogéneo y se convierte en una agregación de servicios especializados, cada uno con sus propios conocimientos y técnicas. El hospital se ordena por órganos, pero los pacientes no pueden dividirse. El hospital moderno es cada vez más complejo y la complejidad no se resuelve fragmentándola más. La Medicina Interna se vuelca en gestionar las consecuencias de esa fragmentación. Crea unidades que no están definidas por un órgano, sino por las necesidades del hospital y del paciente: diagnóstico rápido, corta estancia, atención perioperatoria, hospitalización a domicilio.  

Esta función integradora abarca todos los ámbitos, pero adquiere su máximo valor cuando el paciente ingresa al hospital. En la Clínica, este proceso se materializa en la introducción del hospitalismo como modelo de atención al paciente ingresado, de la mano del Dr. Felipe Lucena. Un modelo que combina la profundidad vertical del especialista clínico o quirúrgico con la amplitud horizontal del internista y que es seña de identidad de nuestro hospital. 

Dos siglos después de que Laenecc inventara el estetoscopio, la Medicina Interna es una especialidad moderna y en desarrollo, adaptada a un entorno de superespecialización en hospitales cada vez más complejos. Sesenta y cuatro años después de su fundación, en la Clínica Universidad de Navarra sigue latiendo un corazón internista.