Acompañar una vida breve
Maritza llegó a Madrid desde El Salvador en 2006. Venía a trabajar y, con el tiempo, encontró en España mucho más que un destino laboral. Encontró una familia. Primero, en la casa de Pilar Cambra, periodista y antigua alumna de la Universidad de Navarra, a cuya madre comenzó a cuidar poco después de aterrizar en la ciudad. Después, en Joel, médico de familia y geriatra, a quien conoció en el Real Oratorio del Caballero de Gracia, en pleno centro de Madrid.
Se casaron en 2016. Poco después nació Álvaro, su primer hijo. Y cuando el niño tenía apenas unos meses, Maritza volvió a quedarse embarazada. La alegría inicial dio paso pronto a la preocupación. En las primeras ecografías les dijeron que algo no iba bien. Había demasiado líquido amniótico y el pronóstico no era bueno. Más adelante llegó el diagnóstico: el bebé tenía síndrome de Edwards, una trisomía 18 asociada a malformaciones graves y a una esperanza de vida muy limitada.
Durante aquellos meses, Maritza y Joel tuvieron que enfrentarse a una certeza dolorosa: probablemente no podrían llevarse a su hijo a casa. Pero también tomaron una decisión que marcaría todo el embarazo: mientras el bebé viviera, ellos querían acompañarlo. “Íbamos a mantenerlo con nosotros hasta que Dios decidiera en qué momento se lo iba a llevar”, recuerda Maritza.
Fue entonces cuando un sacerdote cercano a la familia les habló del Dr. Luis Chiva, director del Departamento de Ginecología y Obstetricia de la Clínica. Y así conocieron el programa CUN Te Acompaña. Aquel encuentro no cambió el diagnóstico ni borró el sufrimiento, pero les ofreció algo decisivo: compañía. “Nos dijeron que iban a acompañarnos hasta el último momento, naciera como naciera el bebé”, cuenta Maritza. “Allí no se miraba solo a la madre ni solo al bebé, sino a los dos. Son dos vidas”, resume Joel.
En cada revisión, el equipo les ayudaba a comprender cómo estaba José Lorenzo —Josecito—, qué podía ocurrir y cómo prepararse. Para Joel, que conocía la medicina desde dentro, fue importante sentirse escuchado también como padre. “No era solo información clínica. Era saber cómo iba el bebé, cómo estaba Maritza y qué necesitábamos nosotros”, recuerda. Maritza, por su parte, encontró en ese seguimiento una forma de cuidar a su hijo durante el tiempo que estuviera con ellos. “Era como acompañar a un enfermo en sus últimas horas, pero dentro del vientre”, explica.
El embarazo avanzó con dificultad. Maritza retenía mucho líquido y tuvo que someterse a varias punciones para aliviar las molestias. En casa, su sobrina Evelyn se ocupaba de Álvaro. El niño, aunque era muy pequeño, parecía entender a su manera que algo ocurría. Se acercaba a la tripa de su madre, apoyaba la cabeza y jugaba con el bebé cuando lo notaba moverse.
El parto se adelantó. Josecito empezó a mostrar signos de sufrimiento y Maritza ingresó en la Clínica el 14 de febrero. Nació al día siguiente, ya sin vida. Sus padres sabían que esa posibilidad era muy alta, pero nada prepara del todo para ese instante. Maritza había pedido poder verle los ojos abiertos, aunque fuera un minuto. No pudo ser. Aun así, lo tuvieron en brazos. “Lo cargamos”, dice. Después, pudieron enterrarlo.
La vuelta a casa dejó una de las imágenes más delicadas de esta historia. Álvaro se acercó a su madre, miró su tripa, la tocó con un dedo y se apartó. Evelyn, que había estado con él durante todo el proceso, lo recuerda como si el niño hubiera comprendido que su hermano ya no estaba allí. Con el tiempo, en casa aprendieron a hablar de José Lorenzo de otra manera. Hoy, Álvaro y sus hermanos saben que tienen “un hermanito en el cielo”.
En ese camino, Pilar Cambra fue mucho más que una amiga. Para Maritza fue una madre. La acogió en su casa cuando llegó de El Salvador, la acompañó en su noviazgo con Joel, la entregó en el altar el día de su boda y estuvo presente en cada embarazo. También fue quien sostuvo a la familia en el duelo y quien se ocupó de los gastos del entierro de Josecito cuando ellos apenas podían reaccionar. “Fue mi psicóloga”, dice Maritza.
En 2020 llegó otra luz. Nació una niña y no hubo dudas sobre su nombre: María del Pilar, en honor a Cambra. Más tarde, en enero de 2024, nació Miguel Ángel. Para entonces, la familia ya había perdido a Pilar Cambra, fallecida a causa de un tumor. En casa la llaman Lelé, como empezó a decirle Álvaro cuando era pequeño, y rezan por ella y por Josecito.
La historia de Maritza y Joel habla de dolor, pero no se queda ahí. Habla de una vida muy breve que transformó a una familia entera. De un matrimonio que, ante la adversidad, aprendió a sostenerse pensando antes en el otro que en uno mismo. Y también de una forma de ejercer la medicina que no termina cuando ya no es posible curar.
Cuando se les pregunta qué significó CUN Te Acompaña, Joel responde: “Acompañamiento del dolor con fe”. Maritza lo dice desde otro lugar: “Fue un acogimiento humano y divino”. Para ambos, el programa les ofreció paz. Les permitió mirar a su hijo no solo desde la enfermedad, sino desde el amor. Les ayudó a prepararse para recibirlo y también para despedirlo.
Hoy, al hablar de Josecito, no hablan solo de ausencia. Hablan de vida, de familia y de esperanza. Porque acompañar una vida, aunque sea frágil y breve, también es una forma profunda de cuidarla.