Historias de Pacientes

El enigma del dolor: cuando el diagnóstico es una incógnita


Pacientes que sufrieron años de una dolencia enquistada sintieron alivio cuando supieron la razón de su angustia. La Medicina Interna, la especialidad del equilibrio cuando arrecian síntomas de distinto orden y origen, procuró su consuelo; devolvió su salud

Imagen de Blanca Ibeas tomando algo en una terraza con amigas con una playa al fondo y Saleja Bhiku con su familia en una celebración de cumpleaños.
A la izquierda, Blanca Ibeas con unas amigas y, a la dercha, Saleja Bhiku con su familia.

Texto: Natxo Gutiérrez

Fotografía: Cedidas

15 de octubre de 2026

Cuando hay dolor y no se sabe por qué, asoman las dudas. La mente se acelera, desbocada. En cuestión de salud, la falta de respuestas desata la preocupación. Sin diagnóstico, imposible el tratamiento. Pura lógica. Blanca Ibeas Oraá sufrió durante dos años y medio de dolencias abdominales. Perdió cinco kilos de forma progresiva sin saber la razón por más que anduviese preguntándose y por más que esperase una respuesta convincente y sanadora de profesionales médicos a la angustia que corroía sus entrañas. “Me decía a mí misma que algo tenía, pero no sabía qué”. 

Con 32 años, regresa a su mente su etapa de deportista de élite como jugadora destacada de bádminton, donde sumó títulos nacionales y defendió la selección junto a Carolina Marín. “Vivía en Madrid y entrenaba muchísimo; ocho horas al día era normal. Cuando terminé la carrera –Administración y Dirección de Empresas–, bajé un poco el nivel y me puse a trabajar en una consultoría grande. Ahí empezó todo. Cualquier cosa que comía me provocaba un dolor de tripa superfuerte. Si comía demasiado, empezaba a vomitar”. Con 23 o 24 años y la ilusión de construir un porvenir halagüeño, cada vez que salía con sus amigas, optaba por renunciar a tomar un bocado.  

En una ocasión, en la Feria de Jerez, rompió esta máxima. Hincó el diente a una croqueta. Padeció sus consecuencias: durante dos horas no paró de vomitar. En ese contexto, “lo pasamos bastante mal, sobre todo mi madre, que es médico. Estuvimos dando vueltas y vueltas, intentando buscar segundas opiniones, porque teníamos un poco de miedo”. “Me hicieron muchísimas pruebas –prosigue su relato estremecedor–, a ver si era intolerancia, pero no daban con nada. Pasó año y medio y seguía adelgazando, porque cada vez que comía me dolía muchísimo la tripa”. En el laberinto de consultas, asomó una cuestión que sonó en sus oídos poco convincente y casi hiriente. Entre el deporte y el trabajo, “metía muchas horas. Podía ser estrés, me dijeron. Igual podían darme un antidepresivo”. Pero para una mujer que había estado en un centro de alto rendimiento deportivo y sometida a soportar encuentros de máxima tensión, aquello no cuadraba. 

Imagen silueteada del Dr. Manuel Landecho.
“Al ver a Blanca tardar cincuenta minutos en comer un pincho de tortilla pensé que podía tener una pinza aorto-mesentérica”

Dr. Manuel Landecho
Especialista en Medicina Interna de la Clínica Universidad de Navarra

En este punto, coincidió en un encuentro familiar con el Dr. Manuel Landecho, del Departamento de Medicina Interna de la Clínica Universidad de Navarra, en Pamplona. “Conocía a Blanca como una chica alegre, simpática, normal, deportista de élite”, recuerda el especialista. En ese encuentro vio que “tardaba cincuenta minutos en comer un pincho de tortilla”. “Tengo que comer despacio para no tener una sensación de digestión lenta, de empacho. Me suelo encontrar mal”, atendió por respuesta a su primera reacción de incredulidad. 

La experiencia es un grado, y el Dr. Landecho, con buen ojo clínico, aventuró una hipótesis más que probable: “Tienes una pinza aorto-mesentérica”. Bajo esta descripción, asoma un mal provocado por la “pinza que forman la aorta y arteria mesentérica sobre el duodeno. Es una restricción del espacio por el que la comida no puede pasar”. Una prueba confirmó el presentimiento. El estómago se había dilatado, fruto de la pinza, y era la causa de los dolores en la parte baja del abdomen.

Blanca Ibeas, paciente de la Clínica Universidad de Navarra, jugando al bádminton.

La solución: una intervención quirúrgica que espantó todos los males hasta entonces padecidos por la joven paciente. “Me acuerdo perfectamente –evoca ella– que me subieron del quirófano, pasaron las horas requeridas y me trajeron un bacalao a la plancha que estaba buenísimo”. 

Reconoce que debe cuidarse de ingerir “alimentos picantes o supergrasientos. El estómago –dice– es mi punto débil, pero hago vida normal”. Recuperó el apetito. Volvió a sonreír. Conserva palabras de agradecimiento por la solución a su calvario digestivo y por el trato profesional y afectivo que desde un primer momento obtuvo de la Clínica Universidad de Navarra. Por de pronto, se sintió escuchada.  

Por la consulta del Dr. Landecho pasan pacientes con estados de ánimo de distinto signo. “Hay personas que vienen con miedo; otras tranquilas. No todo el mundo viene asustado. Las hay más confiadas y otras que han tirado la toalla. Pero lo importante, la clave, es escuchar”, aprecia. “En medicina –prosigue–, existe el paradigma de que mandan los síntomas. Lo que manda es lo que dice el paciente”. 

De Panamá a Madrid

A los cuatro días de vida, Saleja Bhiku Bhiku precisó de ingreso hospitalario por “decaimiento y pérdida de peso” atribuida a una acidosis metabólica hiperpotasémica. Traducido a un lenguaje coloquial: presentaba niveles altos de acidez en líquidos y sangre, y otro tanto de potasio. Su abuelo, Salomon, el primer musulmán de origen indio que recaló en Panamá tras un ímprobo esfuerzo por reunir 15 dólares en Barbados, como recuerda su también nieta, Sharifa, se desvivió por la recién nacida en la búsqueda del mejor tratamiento. Al albur del Canal de Panamá, Salomon halló prosperidad. Sin descuidar sus obligaciones, veló por la pequeña Saleja, hasta que él falleció. 

La infancia discurrió jalonada entre nuevos ingresos. A los 12 años, le implantaron un dispositivo coclear, dada su sordera. Ya en la adultez –hoy tiene 40 años–, las complicaciones fueron manifestándose en problemas respiratorios, por afecciones en sus pulmones. “Desde la Covid, las recaídas fueron más frecuentes”, afirma su hermana. Asegura la Dra. Isabel Solares, adscrita a Medicina Interna en la Clínica Universidad de Navarra, en Madrid, que también presentaba dificultades renales.

Silueta de la Dra. Isabel Solares, Departamento de Medicina Interna de la CUN
“Con Saleja era fundamental coordinar bien distintas especialidades y encontrar el nexo de unión entre los órganos afectados”

Dra. Isabel Solares
Especialista en Medicina Interna de la Clínica Universidad de Navarra

En todo momento, Saleja se sintió arropada por su familia. Sus padres, Yusuf y Soraya, “perseveraron para que tuviera en todo momento una mejor calidad de vida”. Sharifa se rige por igual consigna como pilar de apoyo perpetuo de su hermana. La familia Bhiku Bhiku no cesó en tal empeño, sin que remitieran las complicaciones y con una incógnita latente en su seno: “¿Cuál será la siguiente?”. Hubo viajes a Estados Unidos, pruebas y más pruebas sin respuesta sanadora. “Recuerdo –dice Sharifa– que me reuní con tres doctores. Habían llegado a la conclusión de que mi hermana tenía neumonía criptogénica organizada”. 

Sin convicción por su diagnóstico, llegó la posibilidad de realizar una consulta en la Clínica Universidad de Navarra, en Madrid. Y, en su camino, apareció en septiembre de 2025 la Dra. Isabel Solares, especialista en enfermedades ‘minoritarias’, como prefiere tipificarlas frente al adjetivo de ‘raras’, que tiene un “componente peyorativo”. 

La primera impresión de la familia fue más que satisfactoria. Por de pronto, la doctora se puso en contacto con los especialistas de Otorrinolaringología, Neumología y Nefrología, recuerda la hermana de la paciente. Y, claro está, al otro lado de la mesa encontró a una mujer –la médico– con el sentido de la escucha desarrollado.  “El internista aquí juega un papel importante”, afirma Solares. “Los especialistas lo son de órganos determinados”, pero, en este caso, como otros, se precisaba de una visión global. “¿Qué tienen en común estos tres órganos (oído, pulmón y riñón)? ¿Qué, fisiopatológicamente, tienen en común? Lo que caracteriza a los tres es que tienen unos canales de sodio”.

Saleja Bhiku, paciente de la Clínica Universidad de Navarra, y su familia en una celebración de cumpleaños con globos, decoración y regalos.

La conexión entre los tres órganos disipó una de las primeras dudas; pero había una incógnita de fondo: saber la razón de su alteración. La clave, más allá de la escucha, fue la comprobación de “una mutación genética”. Aquello aclaró muchas cosas. Sobre todo, proporcionó un gran alivio a la familia. Acabó con su “incertidumbre de si habrá, más adelante, nuevos órganos afectados”.  

En octubre, Saleja regresará a Madrid para una consulta con Neumología. Al menos, después de cuarenta años, sabe el origen de tantos desvelos. Por ese talante y compromiso adquirido, no solo con el paciente sino también con su entorno familiar, la Dra. Solares ha tejido una red de relaciones y de afectos que va más allá del desempeño de su profesión.