Nacer en una cicatriz 

Jacobo es, hasta la fecha, el único de sus cinco hermanos que ha ido al hospital en varias ocasiones con las palas rotas, alguna brecha, golpes varios… Es, sin duda, el más movido de todos. Como dice su madre, Susana, "un niño lleno de vida". En casa bromean con que "está gafado desde antes de nacer".  

Con tan solo seis semanas de embarazo, Jacobo estaba creciendo en el vientre de su madre en una gestación implantada sobre la cicatriz de una cesárea anterior. Esta condición médica hacía peligrar no solo su vida, sino también la de Susana. A ella le dijeron que moverse podía costarle la vida. Desde ese momento, vivió su embarazo inmóvil en una cama, día tras día. 

"Recuerdo hacerme una resonancia e ir con mi madre a ver los resultados. En aquel momento todavía no tenía médico en la Clínica. Recibí la mala noticia. El doctor me dijo: ‘Cuanto más avance el embarazo, más en riesgo vas a estar’. En ese momento se me desplomó el mundo. Pensaba en mi hijo y en que yo podía morir". Reconoce que entró en shock y no fue hasta llegar a casa con su marido, William, cuando se dio cuenta de la gravedad de la situación. "¿Y ahora qué hacemos? ¿Qué hacemos?" 

Susana García Serrano, profesora de 34 años y natural de Madrid, se define como una persona "un poco inconsciente". Segura de sí misma, de sus decisiones y de lo que quiere: "No sigo los guiones de la vida y no me importa lo que piense el resto de la sociedad". Al terminar el Bachillerato decidió irse a Londres a estudiar inglés. Hasta entonces había vivido en Madrid con sus padres y sus cuatro hermanos. Allí conoció a William, su marido. A los seis meses ya estaban comprometidos; al año, casados; y unos meses después, en 2013, llegó su primer hijo. 

Su historia, dice, “es de película; nos conocimos y fue un flechazo". Por aquel entonces, William no era creyente. Susana, en cambio, afirma que la fe siempre ha sido imprescindible en su vida. "Yo soy creyente y practicante católica; él, en cambio, no conocía nada de la fe. Con el tiempo, también vivió su propia conversión: se bautizó unos meses antes de la boda. Fue una historia intensa en la que sentí claramente la mano de Dios obrando". 

Tienen cinco hijos. El primero, Nicholas, nació en abril de 2013; después llegaron Carola, en 2014; Sofía, en 2015; Pablo, en 2017; y, por último, Jacobo, en 2019, el pequeño que mantuvo a la familia en vilo durante todo el embarazo. Los cinco nacieron por cesárea. 

Imagen de la familia de Susana y William, pacientes del programa CUN Te Acompaña de la Clínica Universidad de Navarra.

Susana llega a la sede de la Clínica en Madrid 

Al comienzo del embarazo, Susana acudía a un ginecólogo de la Seguridad Social. Sin embargo, a las pocas semanas pudieron contratar un seguro con cobertura en la Clínica Universidad de Navarra y, en Navidad, comenzaron las visitas con el Dr. Luis Chiva, director del Departamento de Ginecología y Obstetricia. "Llegué con mucho miedo, porque me habían recalcado lo peligroso que era para mí seguir adelante con el embarazo. Pero yo lo tenía claro. Sentía que mi meta en la vida era conseguir que Jacobo naciera, aun sabiendo el riesgo que suponía para mí", explica. Con el paso de los días y tras varias visitas a la sede de la Clínica en Madrid, Susana se fue tranquilizando. “Siempre me trataron con mucho cariño y respetaron en todo momento mi decisión”. 

En palabras del Dr. Chiva: “Este tipo de embarazos siempre plantea un riesgo altísimo. Cuando Susana llegó a nosotros, decidimos respetar su decisión y, sobre todo, acompañarla, siendo conscientes de que teníamos que llevar a cabo un control muy exhaustivo. Cada vez hay más cesáreas, así que cada vez hay más situaciones de este tipo. Nosotros ya teníamos experiencia en casos similares”. 

Imagen de Susana y William, dos padres del programa de CUN Te Acompaña de la Clínica Universidad de Navarra.

Ver la vida pasar desde una cama 

Susana estuvo hasta la semana 30 de embarazo tumbada en su cama. Recuerda la impotencia y la rabia de no poder llevar a su hija de tres años al colegio en su primer año o de perderse la última función de Navidad de infantil del mayor. “Me llamaban y me enviaban vídeos, pero no quería verlos. Yo quería estar ahí, con ellos”. Sus hijos, mientras tanto, estaban siempre rodeados por su padre, sus abuelos y, en especial, por su tía Paloma. “Mi hermana en aquel momento estaba soltera y sin hijos, así que se vino a vivir con nosotros. Paloma nos salvó. Ella fue mis manos y mis pies”. 

Las indicaciones del equipo médico de la Clínica eran claras: en el momento en que Susana sintiera algo fuera de lo normal, debía acudir de urgencia al hospital más cercano. "En la semana 30, me levanté de la cama para ir al baño y noté como una descarga. Entonces vi cómo sangraba sin parar, de una forma impresionante. Grité, llamé a Paloma, y en pocos minutos estábamos en el hospital". Después de tres días ingresada, en los que consiguieron controlar el sangrado y comprobaron que el bebé estaba bien, Susana, por indicación del Dr. Chiva, decidió trasladarse a la Clínica en Madrid para tener allí a Jacobo. 

“Pedí el alta voluntaria. Al llegar a la Clínica, todo estaba preparado para el nacimiento de Jacobo. Entonces pensé: ‘Ha llegado el momento. Va a pasar’. Solo rezaba para que, al abrir los ojos, Jacobo estuviera ahí”. Susana temblaba, agarrada de la mano de William, llorando. Cuando el equipo médico sacó a Jacobo, solo pudo pensar: “Lo he conseguido. Ha nacido y está bien”. 

Han pasado casi siete años desde aquel día. Hoy, Jacobo sigue siendo aquel niño lleno de vida con el que comenzaba esta historia. “Todos saben que ya no podemos tener más niños, saben que Jacobo ha sido el último. Por eso es, y seguirá siendo siempre, el bebé de la casa”.