Una respiración sostenida
Nadie te prepara para dejar marchar a tu hijo. Y aun así Ángela siente que está pasando. Un escalofrío, un ‘runrún’ que le recorre el cuerpo le hace apresurarse y relevar a su marido en la UCI. Ignacio está estable, nada en sus monitores indica la urgencia, pero Ángela siente que tiene que estar ahí. Al llegar, recoge a Ignacio en su pecho y esa sensación acelerada se calma; su hijo también. Ángela avisa a la enfermera que está en el control y esta le confirma su sospecha: Ignacio se está yendo. “Me estaba esperando”.
Germán vuelve rápido y los tres se quedan abrazados, dándole besos, hasta que Ignacio por fin descansa. A sus cuatro meses, fue la primera vez que vieron a su ‘bollito’ sin tubos, sin cables, sin vías, en paz.
Una toma de aire lenta, profunda, con la nariz cerquita de su cabeza. Su olor. Esas primeras veces que coges a tu bebé, la vida te regala unos instantes que se quedan grabados en tu retina. Ángela tardó unas semanas en poder hacerlo, pero su consuelo es haberlo hecho. Le costó, por precaución para no empeorar su estado, por indicaciones médicas, pero también por miedo.
“Cuando di a luz no me atrevía a mirarlo, porque no sabía si estaba vivo o no. Me quité las lentillas para no ver. El miedo se apoderó de mí. A día de hoy, lo pienso y digo ‘madre mía cómo pude no mirarlo’”, reconoce Ángela.
Todo se remonta a unos meses antes. Ángela y Germán están esperando a su segundo hijo. Cayetana, su primogénita, tiene apenas año y medio y nació después de un tiempo buscando ser padres, con dos abortos previos. Pero, encontrada la causa y con la medicación necesaria, todo había salido bien. Así parecía ir con Ignacio.
Sin embargo, en la semana 19 Ángela notó un movimiento. Acudió a su obstetra, la Dra. Mafalda Sousa, de la Clínica Universidad de Navarra. Todo se veía bien, hasta que el monitor detectó una contracción. “Tienes amenaza de parto prematuro, me dijo. Se me vino el mundo abajo. Me recogió mi marido. Él fue a por progesterona a la farmacia y yo subí a casa. Me tumbé en la cama y noté cómo se rompía la bolsa. Solo había pasado una hora”.
Era el 28 de julio de 2023 y Ángela estaba de 19 semanas y 2 días. Volvieron a la Clínica con la esperanza de estar equivocados, pero con el miedo de estar viviendo otra pérdida. La rotura de membranas se confirmó. Era demasiado pronto para que Ignacio pudiera sobrevivir fuera del útero.
Pero, dentro de un escenario muy complicado, apareció una posibilidad. Todavía había líquido amniótico. “Ahí llegó nuestro primer objetivo: aguantar cinco semanas, donde había más posibilidades de sobrevivir”, apunta Germán; y añade: “Pero con franqueza. Veníamos totalmente derrotados y nos dieron esa luz, pero siempre explicándonos todo desde la realidad. Para nosotros era importantísima esa claridad”.
Ángela recuerda especialmente que, mediante el programa CUN Te Acompaña, les ofrecieran permanecer ingresados. “Nos daba mucha paz estar en la Clínica, nos sentíamos más atendidos y cuidados”.
Ignacio nació con 24 semanas y luchó durante cuatro meses. Sus padres conservan la paz de haberlo conocido, haberlo tenido en brazos y haber hecho todo lo posible.
Mirada al techo, posición horizontal y corticoides para ayudar a Ignacio a madurar. Así fueron los 35 días. Ángela no quiso ni levantarse al baño. Cada salida de líquido alimentaba el temor de desencadenar el parto. Así que, con ayuda de auxiliares y enfermeras, hizo todo desde la cama. Lo más delicado era que los pulmones del bebé consiguieran madurar, no exento de poder tener otros problemas de movilidad, desarrollo, etc.
Ignacio, recuerdan sus padres, hizo todo lo que estaba en su mano. El 4 de septiembre, ya con 24 semanas y 4 días de gestación, se puso de parto y les trasladaron al Hospital Gregorio Marañón. Allí, pocas horas después, a las 04:56 del día 5, nació Ignacio con 24 semanas y 6 días y 840 gramos de peso.
“Ignacio fue un niño que desde el inicio luchó muchísimo. Era un escenario muy complicado, porque no era solo haber sido prematuro, sino que estar con poco líquido amniótico hizo que sus pulmones no estuvieran como deberían para un pequeño de 24 semanas”, señala Germán.
“Llegamos con pánico al parto. Los médicos se volcaron, estaban preparados para todas las posibilidades, porque ninguno sabíamos cómo iba a salir. Y nació. Y lo hizo sin parada cardiorrespiratoria, respirando él. Fue un campeón”, recuerda Ángela.
Estuvo toda una semana con una CPAP, pero después tuvo que ser intubado y no fue capaz de prescindir de ello. Ahí comenzó la segunda fase hospitalaria. Durante cuatro meses estuvieron ingresados en la UCI Neonatal del Gregorio Marañón. De nuevo, a vivir día a día, con la incertidumbre mezclada con la ilusión y la esperanza. Eran muchas las decisiones a tomar, los riesgos asociados a la prematuridad. Pero, a la vez, Ignacio iba creciendo, dejando un poco atrás esa delicadeza de un recién nacido.
“Al principio, solo le poníamos las manitas encima y le hablábamos. Hasta que nos pusieron en la situación límite de que a lo mejor no pasaba de esa noche. Ahí dimos el paso y Ángela lo cogió. Yo tampoco había querido hacerlo sin ella, quería que estuviera preparada. Y menos mal que nos decidimos, porque estaba tan a gusto con nosotros, le subía tanto la saturación… que hasta le bajaban el oxígeno”.
Y hubo muchas situaciones límite. Hubo tres intentos de extubación con corticoides, pero los pulmones no terminaban de reaccionar. Hasta la última. Ante la respuesta médica de qué futuro tenía Ignacio si seguían intentándolo, ya habían decidido que ese era el último intento de que respirase por sí mismo. Toda la familia se había juntado en Madrid por si, como en las anteriores, no lo conseguía y fallecía.
Sin embargo, aguantó y estuvo cuatro días de nuevo con una CPAP. Era víspera de Reyes de 2024. Los monitores eran estables, pero Ángela lo sintió.
“Mi hijo crecía y crecía en la cuna. Qué impotencia como padres no cogerle porque estaba intubado. No poder darle un bañito. Mi ‘gordi’, con cuatro kilos y medio que se fue, estaba gordito, precioso. Había conseguido más peso y talla que lo normal. Su corazón siempre fue bien, no necesitó ninguna operación. Tenía las facciones muy marcadas, los ojitos saltones. Pero sus pulmones no fueron capaces de captar el oxígeno que le llegaba”, recuerda Ángela.
Dos años después, siguen aprendiendo a convivir con el duelo y la pena, pero con la paz de saber que hicieron todo lo que estuvo en su mano. Haber podido conocer a Ignacio, tenerlo en brazos, pese a que todavía se pregunten por qué tuvo que pasar, fue un milagro. Les regaló esos momentos que siempre van a quedar con ellos.