El médico ante la complejidad del sufrimiento
Dra. Rocío Roji
Especialista en Control de Síntomas y Medicina Paliativa de la Clínica Universidad de Navarra.
11 de mayo de 2026
Este artículo ha sido publicado en Diario de Navarra (9 de mayo de 2026).
Desde que se aprobó la Ley de Eutanasia en España, tengo la impresión de que la falta de un debate previo lleva a simplificar el análisis de una situación y la consiguiente toma de una decisión. Así, parece que, si hubiera cuidados paliativos para todos, nadie pediría la eutanasia. O se cree que quien pide suicidio asistido es porque está solo, o su familia no le apoya o no le ha visto un buen psiquiatra. Pero la realidad se impone y es mucho más compleja.
Para que una decisión tan importante como dejar de vivir pudiera considerarse libre y autónoma, se deberían cumplir unos mínimos. En primer lugar, la atención profesional de las personas que sufren tendría que ser más que apropiada. La información que reciben debería ser certera y actualizada, y el control de sus síntomas, excelente. Si, por ejemplo, no se controla lo físico, el dolor podría apoderarse de su voluntad.
Por otro lado, es fundamental el apoyo de las administraciones en forma de recursos adecuados y una estabilidad financiera mínima. Sentirse una carga es común entre quienes dependen de otros. Pero, ¿cómo voy a decidir si no puedo desplazarme, no tengo ayuda, o mi familia vive esclava y al límite? Como ejemplo, casi 9.000 personas murieron en España esperando una resolución del sistema de dependencia en el primer trimestre de 2026. No hay libertad para decidir si uno percibe presión social por no ser productivo y consumir muchos recursos.
Cuidar los síntomas de los pacientes y asegurar su sostenimiento son los aspectos básicos, y puede haber otros, pero mientras no haya garantías reales de apoyo, la eutanasia tiende a convertirse con toda probabilidad en una elección condicionada por el sufrimiento, la desigualdad o la desesperanza. Sin estos mínimos, no se debería poder ni hablar de un sufrimiento sin solución.
Pero seamos realistas, en las mejores condiciones, con todo el apoyo necesario, con los mejores recursos y la familia más entregada, aun así, hay personas que desean morir. Aun cuando todas sus necesidades están aparentemente bien atendidas: síntomas controlados, buen soporte social y económico o apoyo emocional y espiritual. Pues incluso así, los profesionales no podemos abandonarlas, es necesario buscar más apoyos y plantear que la solución puede no ser exclusivamente médica.
La Medicina y el vacío existencial
Son poquísimas las personas que eligen la eutanasia con estos aspectos básicos resueltos. Algunos la querrán de todas formas, en un contexto muy racional y estando bien informados, incluso por convicción. Y hay que reconocer que la Medicina puede quedar impotente ante este vacío existencial. Otras personas la pedirán por no encontrar otra esperanza, por no hallar un sentido, por falta de fuerzas, por un momento de debilidad, porque el sufrimiento nos anula o porque no encontramos alternativas aceptables.
Los estudios demuestran que este deseo de morir es con frecuencia inconstante y que no se manifiesta todos los días con la misma intensidad. A veces se desvanece y esa persona incluso se sorprende de haber llegado a pensarlo. Con frecuencia, el auténtico deseo del paciente no es morir, sino más bien dejar de sufrir o no seguir viviendo en esas condiciones o con el futuro que espera.
Precisamente, tener a mano la eutanasia es más injusto cuando el sufrimiento es muy difícil de aliviar y las respuestas no son evidentes, o han fallado ya muchos recursos. Nos libramos de seguir buscando soluciones y de buscar esperanza en otros sitios. Renunciamos a nuestro afán humano de superarnos. Se anula nuestra genuina tendencia a cuidar del más vulnerable y acompañar en el sufrimiento. Se diluye la responsabilidad de persistir, porque es muy costoso y parece que no tiene sentido. A veces el sentido de una vida es misterioso, no alcanzamos a comprenderlo, pero eso no quiere decir que no exista. Puede que esté todo negro en la mente de una persona y no encontremos la forma de aliviarla, ni siquiera con amor. El sufrimiento tiene muchos matices, pozos y aristas punzantes, pero eso no libra al médico de seguir ahí, aunque sea duro y difícil.
El paciente es y debe ser el centro de la asistencia, y el médico que trabaja en equipo y busca nuevas ideas y alternativas es el garante de su alivio. Si este no llega de forma inmediata, su médico sigue ahí, no se rinde, comprometido a seguir intentándolo, a acompañar y a consolar. Cuando el final llegue, no intentará estirar o alargar inútilmente situaciones penosas e irreversibles, sino que todas sus actuaciones se centrarán en el bienestar del paciente.
No me conformo con aceptar la eutanasia o el suicidio asistido como parte de la solución ni como una opción universal dentro de la Medicina. No es que sea lo último, es que incluso lo impide el código deontológico. Aun cuando el paciente haya optado por esta vía, y encuentre a alguien que le proporcione esta “prestación”, aspiro a seguir siendo una alternativa, un apoyo mientras el paciente siga vivo, un consuelo. Si el médico tiene en su mano administrar la muerte, ¿dónde se puede encontrar la esperanza?, ¿a quién se puede pedir ayuda?, ¿quién se preocupa de buscar alivio?, ¿cómo decir sin miedo “no puedo más”? Si el médico ofrece o proporciona la muerte, el paciente puede encontrarse desvalido, sin nadie a quien acudir, sin esperanza.
No somos ingenuos, la solución no es fácil, el problema es complejo y no partimos de las mejores condiciones para atender a los pacientes que sufren. No se trata de negar el dolor, sino de evitar que la desesperanza decida por quienes más protección necesitan y de mantener siempre nuestro compromiso con ellos.