Historias de Pacientes

Tres diagnósticos que cambian el pulso


Tres formas distintas de escuchar al corazón. La de Manuel, marcada por una insuficiencia cardiaca que condiciona el día a día; la de Javier, interrumpida por el ritmo irregular de una fibrilación auricular; y la de Fernando, que nació con una cardiopatía congénita y ha aprendido a vivir con ella sin renunciar a sus proyectos

Imagen en primer plano de unas manos de mujer sujetando un bolígrafo, las de un hombre mayor apoyadas sobre una mesa en la que hay una libreta y un móvil.
Tres pacientes de la Clínica y tres historias diferentes de superación y acompañamiento.

Fotografía: Manuel Castells y José Juan Rico

15 de junio de 2026

Manuel: cuando el corazón pierde fuerza

Imagen de Manuel Maestro, paciente de insuficiencia cardiaca de la Clínica, y su mujer.

Periodista y marino, Manuel Maestro ha viajado por todo el mundo, con especial vínculo con América, un continente del que solo le quedan dos países por conocer. Ahora contempla la idea de escribir sus memorias. A sus 84 años dice encontrarse bien, con seguimiento médico, y sigue sin faltar a una cita muy especial: la Navidad en Nicaragua, país de su mujer, Yadira Rizo, a la que conoció hace más de 40 años.

Sin embargo, ha pasado unos años complicados. Manuel necesitó un marcapasos hace 20 años y, desde 2024, es paciente de la Unidad de Insuficiencia Cardiaca de la Clínica con el Dr. Aitor Hernández. Se trata de una enfermedad crónica y degenerativa en la que el corazón es incapaz de bombear suficiente sangre para cubrir las necesidades del organismo. Su impacto en la calidad de vida es importante, ya que limita las actividades cotidianas y, en edades avanzadas, si no está bien controlada, puede implicar periodos prolongados de ingreso hospitalario.

“Yo llevaba tiempo yendo al cardiólogo, pero en los últimos años estaba con muchos altibajos y no iba a mejor —‘no era muy exhaustivo, no sé si es porque era ya mayor, pero solo le auscultaba y le hacía alguna otra prueba normal’, incide su mujer—. Entonces empeoré y decidimos venir a la Clínica, porque yo ya había tenido una experiencia previa positiva, y ahí cambió todo”, reconoce.

Ingresó con una neumonía y tuvo que permanecer hospitalizado un periodo prolongado, pero desde entonces no ha tenido ninguna recaída. ¿La clave? “La atención, el trato y el seguimiento”, destaca Yadira. La atención personalizada resulta fundamental en el abordaje de estos pacientes, en los que se establece un seguimiento tanto presencial como telefónico, con controles periódicos.

“Cada 15 días, más o menos, me llaman para ver cómo está y me preguntan cómo tiene el corazón. Me siento con mucha confianza porque, ante cualquier cosa, puedo llamar o escribir un correo y siempre me atienden. Y eso es muy tranquilizador”, explica Yadira. “Y cuando venimos aquí también es como sentirse en casa. El doctor me conoce ya como de la familia y, sin decirle yo nada, sabe por dónde van los tiros. Es verdad que no tengo grandes dolores ni alteraciones del sueño, pero sí noto cansancio o agotamiento”, añade Manuel.

Para ello, el equipo de Enfermería ha realizado una labor clave de educación con su mujer, enseñándole a controlar la tensión y a identificar los principales parámetros a vigilar. “En casa tengo un ángel de la guarda con mi mujer y otro con la cuidadora que tenemos. Y aquí, en la Clínica, una familia. Todo el mundo te sonríe, te trata con cercanía y los médicos están atentos y te dedican el tiempo necesario. Y con Anabel y Ana, enfermeras, tenemos también otros guardianes”, concluye Manuel.

Javier: vivir con un corazón sin guion

Imagen de Javier García, paciente de fibrilación auricular, corriendo por una playa con su hijo.

No fue un “pum, pum” acompasado, sino un ritmo roto, desordenado: pum… pum-pum… …pum… pum-pum-pum. Así empezó todo una mañana de diciembre, en la playa de Benidorm, mientras corría con su hijo de doce años. Ocho kilómetros compartidos entre un padre que empezaba a sentir el peso de los años y un niño que, sin darse cuenta, comenzaba a adelantarlo. Nada fuera de lo común, salvo ese latido extraño que se colaba entre zancada y zancada.

“Notaba las pulsaciones demasiado altas para el esfuerzo”, recuerda Javier García Blanco, a punto de cumplir 50. No le dio importancia: pensó en cansancio o en un resfriado. Terminó de correr, siguió el día en familia y condujo hasta Alicante. Pero el corazón no bajaba de cien pulsaciones en reposo y el ritmo seguía irregular.

Aquella fue la primera señal de una fibrilación auricular que tardó semanas en tener nombre. La arritmia no duele como una herida: aparece y desaparece sin patrón. “Lo peor es que no puedes controlarlo. No es como parar y que el corazón se calme. Aquí manda él”.

Durante semanas, el desconcierto se volvió rutina: episodios de horas —a veces noches enteras— con el corazón desbocado. El reloj inteligente en su muñeca, que hasta entonces era un aliado deportivo, se transformó en una fuente constante de ansiedad. Mirar las pulsaciones se volvió casi obsesivo. Cada pico era una señal de alarma. “Se siente más psicológicamente que físicamente. Hacía vida normal, pero por dentro estaba inquieto”. La incertidumbre se colaba en todo. “No es dolor, es inseguridad, es pensar ¿qué está fallando aquí?

El diagnóstico llegó en Logroño: fibrilación auricular. El cardiólogo le dio tres opciones: convivir con ello, medicarse o someterse a una ablación. Decidió informarse y descubrió la ablación por campo pulsado, una técnica pionera que lo trajo a la Clínica Universidad de Navarra. Aquí, el Dr. Ignacio García Bolao le explicó el problema con una imagen clara: una gotera. No te inunda la casa el primer día, pero sigue ahí mientras no se arregle de raíz.

En abril entró en quirófano. Un catéter introducido por la femoral eliminó las células responsables del ritmo caótico. Duró una hora. “Si me dicen que no me han hecho nada, me lo creo”. Se despertó sin dolor y esa misma tarde estaba en casa.

El cambio físico fue inmediato, pero la recuperación real fue recobrar la confianza. Durante semanas aún aparecía el miedo. Una palpitación más fuerte bastaba para encender la alarma. ¿Y si vuelve? Esa pregunta tardó en desaparecer. Hasta que, en agosto, tras las revisiones y un Holter de 24 horas que confirmó la normalidad, algo hizo ‘clic’. “Ahí ya se te olvida. Vuelves a hacer vida normal”. Y, con ella, regresó también la seguridad perdida.

Hoy vuelve a montar en bicicleta con su hijo, que ahora gana por edad. Y eso es lo natural. Porque la salud no es solo ausencia de síntomas, sino la tranquilidad de que el cuerpo responde. “La intervención me ha devuelto la confianza en que estoy sano”.

Fernando: crecer con la enfermedad y vivir con la ilusión de un niño

Imagen de Fernando Gascón, paciente de cardiopatía congénita, en los pasillos de consultas con el Dr. Gavira, cardiólogo de la Clínica Universidad de Navarra.

Fernando, Gascón de primero y Navarro de segundo –y de nacimiento–, era carretillero, pero ha pasado toda su vida acompañado de la medicina, lo que finalmente lo llevó a abandonar la carretilla a los 32 años. Nació en Pamplona en 1985 con una cardiopatía congénita, una tetralogía de Fallot. Su enfermedad provoca el estrechamiento de la válvula pulmonar y la vía de salida ventricular derecha y, como consecuencia, hace que se limite el flujo de sangre a los pulmones. 

Nueve meses después de nacer en el Hospital Virgen del Camino, lo trasladaron a la Clínica Universidad de Navarra para hacerle una cirugía compleja que él no recuerda, pero su familia sí. Como si fuera ayer. La intervención le corregiría las alteraciones de su tetralogía de Fallot. 

Una revisión anual en el Departamento de Cardiología y la sensación de que todo estaba bien le hicieron llegar a los veinte años sin grandes alteraciones. Eso sí, mientras unos descubrían el mundo sin límites, él lo hacía dándose cuenta de cuáles eran los suyos. Aunque de forma un poco inconsciente, confiesa. Desde el 2008 su válvula pulmonar empezó a fallar de manera significativa y su corazón volvió a exigir atención, por lo que precisó de revisiones más frecuentes y una cirugía de cambio de válvula un año más tarde con el Dr. Juan José Gavira, especialista en Cardiología de la Clínica.

Los años siguientes trajeron retos nuevos. En 2017 aparecieron las arritmias ventriculares y, con ellas, una decisión que cambiaría su vida: la colocación de un desfibrilador automático implantable (DAI). Este dispositivo no solo regularía su corazón, también redefiniría su forma de vivir. En este momento dejó la carretilla para siempre, algo que le supuso mucho esfuerzo, pues, según reconoce, “siempre había sido un currante”. 

Dos años después, las arritmias no desaparecieron y fue necesaria la realización de una ablación percutánea para intentar controlar las arritmias que aún persistían. Por último, en 2023 tuvieron que sustituir la batería del DAI porque ya estaba agotada. 

Fernando ha decidido no quedarse en el diagnóstico ni en su enfermedad, sino avanzar con la ilusión de quien vuelve a nacer cada vez que pasa por quirófano. Para él, la vida es tranquila y mucho más consciente desde que la comparte con su mujer y su hijo, la gran suerte de su vida. Este giro ha cambiado su forma de vivir, con más miedos, pero con una motivación todavía más grande para seguir adelante. De esta forma, ha aprendido a recordar su cardiopatía congénita cuando va a revisión, pero a olvidarla mientras vive.