Por todo lo que hemos aprendido juntos: gracias
Dres. Íñigo Arroyo y Alicia Sayés
Residentes de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora, y Neumología
12 de mayo de 2026
Queridos compañeros, familiares y amigos:
Hay momentos que uno imagina durante años y, cuando por fin llegan, no se parecen del todo a como inicialmente los habíamos planeado. Este es uno de ellos. Porque hoy no solo cerramos una etapa, nos situamos en un tiempo nuevo… un tanto abrumador, pero lleno de oportunidades y nuevos retos.
Cuando empezamos la etapa de la residencia, hace ya unos años, nos dimos de golpe con una realidad que poco se asemejaba a la que aparecía en los libros. Los pacientes no eran casos clínicos del MIR. Eran personas reales. Demasiado reales para un R1 con más ganas que pericia, más preguntas que respuestas y la sensación constante de no cumplir lo que se esperaba de él… aunque intentáramos disimularlo.
Luego llegó R2 y, de repente, parece que las cosas empiezan a encajar. Comienzas a orientarte, a tener criterio propio y a hacerte preguntas. Empiezas a anticiparte. A veces, incluso, a ayudar a otros.
En tu tercer año te llega algo que empezabas a añorar: la confianza. Y te vienes arriba. Esa sensación de “ya controlo”, que en ocasiones es real… y, en otras, nada más lejos de la realidad. Empiezas a atreverte, a decidir, y terminas aprendiendo que la seguridad sin reflexión puede jugar malas pasadas.
Y casi sin darte cuenta, llegas al final. R4 – R5… y con ellos una sensación inesperada: la duda vuelve, pero no como al principio. Ahora es más consciente, más exigente. Porque, cuanto más sabes, más consciente eres de todo lo que te queda por aprender. Te das cuenta de la responsabilidad que te viene encima y aparece ese pensamiento incómodo: “¿estoy realmente preparado?” Y, aunque a veces cueste decirlo en voz alta, todos lo hemos experimentado alguna vez.
Durante todo este camino, hemos aprendido sobre medicina y sobre cómo ejercerla. Pero, nuevamente, no todo está en los libros. En cada guardia complicada, en cada decisión difícil, en cada error reconocido, se adquiere una experiencia que ninguna teoría puede reemplazar. Aprender ha sido asumir responsabilidad –en ocasiones, demasiada–, ha sido sostener situaciones incómodas, cansancio acumulado, momentos de tensión…
Pero si algo ha marcado la residencia, ha sido la sensación de no estar solos. Compañeros, amigos. Compartir guardias interminables, cansancio, preguntas… Hemos aprendido a ayudarnos, a entendernos (a veces a golpe de llamadas reiteradas al busca), y a comprender que la medicina no va de especialidades en general, sino de especialistas en particular.
Durante este camino, hemos aprendido lo que significa hacer bien nuestro trabajo. No consiste solamente en acumular publicaciones, comunicaciones o hacer currículum. Es hacer las cosas bien incluso cuando nadie mira. Es tratar a nuestros pacientes con respeto, empatía y responsabilidad. Porque cuando no hay aplausos ni reconocimiento, solo resta lo que somos en realidad.
Como nos enseña El Señor de los Anillos, a veces, "todo lo que nos queda decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado". Y es que no siempre podemos cambiar el sino de un paciente, pero sí podemos decidir la manera en que lo acompañamos. Y ahí es donde realmente está el sentido. El libro El Niño que tenía miedo a la muerte transmite una idea sencilla, pero difícil, que hemos vivido y aprendido durante estos años: incluso cuando no podemos elegir lo que nos pasa, sí podemos elegir cómo lo vivimos. El sentido de lo que hacemos no siempre es curar, ya que a veces no se puede, sino acompañar, estar presentes, no apartarnos cuando la situación se vuelve difícil. Porque hay momentos en los que no podemos cambiar el final, pero sí podemos cambiar cómo llega ese final.
Hoy, echando la vista atrás, vemos un recorrido cuanto menos curioso. Empezamos llenos de ilusión y de dudas. Hoy, aun a punto de acabar, también seguimos con dudas, pero con todavía más ilusión por lo que está a punto de llegar. Y porque, aunque no nos lo creamos, llevamos la mochila cargada de aprendizaje, experiencia y amigos.
Ahora se abre una nueva etapa. Cada uno tomará su camino. No somos los mismos que cuando llegamos. Ni tampoco lo seremos de aquí a unos años. Pero esperamos que la impronta de haber compartido tantos momentos nos dure toda la vida. No olvidéis nunca quiénes fuimos mientras aprendíamos, porque ahí está gran parte de lo que nos define. Y ojalá sepamos ejercer esta profesión como nos la han transmitido estos años: con sentido, con responsabilidad y con humanidad.
Enhorabuena a todos. Muchas gracias.
(*) Adaptación del discurso del acto de despedida de residentes de 2026.