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La clave de todo


Imagen silueteada de la Dra. Leyre Zubiri.

Dra. Leyre Zubiri Oteiza

Oncóloga Médica en Mass General Brigham Cancer Institute. Profesora de Medicina en Harvard Medical School Boston, MA. Antigua residente CUN

12 de mayo de 2026

Hace exactamente diez años yo me encontraba en este mismo acto, diciendo adiós a un lustro de formación en mi querida disciplina oncológica. Entonces lo hacía como residente de último año, y no como profesora invitada.

Mucho ha cambiado en estos años, sin duda. Sin embargo, la pasión con la que terminaba mi residencia y me disponía a iniciar mi andadura como adjunta, en aquel mayo de 2016, es exactamente la misma con la que hoy leo estas palabras.

Eso no ha cambiado ni un ápice.

Y esa, queridos amigos, es la clave de todo.

Una década después de recibir el título de especialista, sigo teniendo la sensación de que la medicina es inabarcable. Después de haber trabajado en diferentes instituciones, sigo sin saber cuál es el mejor sistema. Y, a pesar de los años, sigo enfrentándome a cada enfermo como si fuera el primero: con la cautela de quien sabe que manejamos vidas humanas en nuestras manos, el respeto de quien es consciente de la inmensa responsabilidad que se nos ha otorgado y la humildad de quien jamás olvida que en medicina siempre estamos aprendiendo.

Así que intentaré compartir con vosotros lo que he ido aprendiendo por el camino, con la esperanza de que os sirva: para ser mejores médicos y, por encima de todo, mejores personas. Sin olvidar que lo primero no puede existir sin lo segundo.

Jamás dejéis de dudar. De cuestionarlo todo. De preguntaros el porqué de las cosas. De revisar lo que tenéis delante, una y otra vez. La confianza es el mayor enemigo de un médico. No os fieis de lo que os digan: comprobadlo todo por vosotros mismos. Revisad esa analítica. Analizad esa placa de tórax con vuestros propios ojos. Leed lo que otros han anotado en la historia del paciente, pero confirmadlo después con el enfermo.

Nunca se revisa la información lo suficiente cuando se trata de vidas humanas. Desconfiad… y acertaréis. O quizá no siempre. Pero, sin duda, os equivocaréis menos.

Anamnesis y exploración física. Anamnesis y exploración física. Anamnesis y exploración física. Este ha sido el ABC de la medicina desde tiempos de Hipócrates. Y lo sigue siendo hoy, en la era de la digitalización y la inteligencia artificial.

Pero nada tiene sentido sin la historia del enfermo. Su relato es el que debe guiar vuestro razonamiento clínico, vuestra exploración y las pruebas que decidáis solicitar. Y no al revés.

No caigáis en la medicina de la “perdigonada”. Porque si uno apunta a todos lados, si uno pide innumerables pruebas, es probable que acabe encontrando algo. La cuestión es saber cómo interpretar eso que ha encontrado, si ni siquiera sabía lo que estaba buscando.

Escuchad al enfermo. Sentaos a la cabecera de su cama. Dedicadle atención. Invertid más tiempo mirando a sus ojos que a la pantalla. No dejéis que la burocracia y la tecnificación de nuestra profesión sustituyan un interrogatorio riguroso o una auscultación detallada. No olvidéis que el valor del contacto humano, la exploración clínica y la cercanía con el paciente constituyen la esencia del acto médico.

Haced caso de vuestros mentores. Escuchadlos. No perdáis detalle, incluso cuando se equivocan, porque de ahí también se aprenden grandes lecciones. Su juicio vale doble, porque está respaldado por la experiencia.

Leed y estudiad. Leed y estudiad. Leed y estudiad. Porque nunca es suficiente. La medicina es una ciencia sin fin. El cuerpo humano es complejo: muchas veces incomprensible, tantas otras impredecible; en ocasiones engañoso y, sin duda, nunca sencillo.

El deber del médico es conocer la patología con la que trata y hacer todo lo que esté en su mano para no caer en errores. La iatrogenia forma parte del acto médico; la negligencia no, y debe evitarse a toda costa.

Trabajad en equipo. Unirse siempre suma, incluso cuando creáis que pueda entorpecer. Los beneficios superan siempre a los riesgos. Dos cerebros piensan mejor que uno: dejan escapar menos errores, abarcan un mayor campo, generan más ideas y se complementan. Las sinergias que nacen de los grupos unidos conducen a grandes logros.

No olvidéis de dónde venís. Acordaos de que vosotros también fuisteis residentes. Enseñad a los que os suceden. Aprovechad cada instante para impartir una pequeña lección. Los pasillos están llenos de perlas de sabiduría médica en pequeñas conversaciones.

Y siempre, ante todo y frente a todo: tened compasión. Poneos al otro lado. Entended al enfermo. Comprender, escuchar o simplemente acompañar en silencio pueden conseguir más que cualquier tratamiento.

Porque, como dijo William Osler, la labor del médico es curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre.

He practicado medicina en diferentes hospitales, en distintos sistemas y en varios continentes. Y os aseguro que hay una certeza que es universal y resiste al tiempo y al lugar:

Queridos amigos, tenemos la profesión más bonita del mundo.

Y tenemos el privilegio de amar lo que hacemos.

Parafraseando a Erich Fromm, el amor es un arte. Y, como tal, hay que aprenderlo y cultivarlo. Porque quien no conoce nada, no ama nada. Quien no ama nada, no comprende nada. Y quien no comprende nada, nada vale.

Así pues, os animo a que os conozcáis cada día, os comprendáis siempre y ejerzáis vuestra profesión desde lo más profundo de vuestra humanidad.

Y como dijo el Papa Juan Pablo II: “No tengáis miedo… no tengáis miedo de amar y de ser felices”

(*) Adaptación del discurso del acto de despedida de residentes de 2026.