Vidas que también laten fuera del hospital
De la piscina al lienzo, de las colmenas al cielo, o en las barras de un parque al aire libre: así encuentran equilibrio, identidad y bienestar algunos residentes de la Clínica Universidad de Navarra cuando cruzan las puertas del hospital
Texto: María Marcos Graziati
Fotografía: Cedidas
12 de mayo de 2026
Más allá de guardias, sesiones clínicas, consultas y quirófanos, la residencia también es un tiempo de crecimiento personal. En la Clínica Universidad de Navarra, algunos residentes encuentran en sus aficiones una forma de desconectar, cuidar su bienestar y mantener el equilibrio necesario para ejercer la medicina con vocación y energía.
En todas sus historias hay un hilo común: la necesidad —y la capacidad— de construir una identidad más allá de la bata. En un entorno tan exigente como la residencia, estas aficiones no son un lujo, sino una herramienta de equilibrio. Porque, en última instancia, cuidar de uno mismo también forma parte de aprender a cuidar de los demás.
Alberto Martínez, fuerza y control en cada movimiento
Para Alberto Martínez, R3 de Radiofísica Hospitalaria, la calistenia es mucho más que ejercicio físico: es una experiencia social, un reto personal y una forma de reconectar tras la jornada laboral. Comenzó al inicio de la residencia, buscando algo distinto al gimnasio tradicional, y encontró en los parques de calistenia de Pamplona un entorno que combina deporte y comunidad.
A diferencia de otros entrenamientos más individuales, la calistenia se construye en grupo. En los parques, los practicantes comparten consejos, corrigen posturas y celebran progresos. “Hay mucha cooperación, no es un deporte individualista”, explica. De hecho, él mismo impulsó la organización de un pequeño torneo local, reuniendo a varios participantes y generando un espacio de encuentro en torno a esta disciplina.
Desde empezar sin experiencia hasta lograr movimientos complejos como el muscle-up o giros en barra, el progreso es constante y visible. Esa evolución es, en sí misma, una fuente de motivación. Cada logro requiere comprender el propio cuerpo, su equilibrio y su centro de gravedad, en un proceso que conecta directamente con conceptos físicos que también maneja en su especialidad.
Pero si hay algo que destaca es el impacto mental. “Es un reseteo completo”, afirma. Media hora de entrenamiento al aire libre le permite canalizar la energía, concentrarse y volver a casa con la sensación de haber empezado de nuevo.
En su día a día como radiofísico, identifica un paralelismo claro: alternar momentos de máxima concentración con pausas de recuperación. Una dinámica que también encuentra en la calistenia, donde cada movimiento exige precisión absoluta.
Su próximo reto es lograr la “bandera”, uno de los ejercicios más exigentes de esta disciplina. Un objetivo que resume bien su filosofía: avanzar poco a poco, con constancia, hacia metas que parecían inalcanzables.
Alicia Sayés, pintar para parar el tiempo
Alicia Sayés, R4 de Neumología, encuentra en la pintura un espacio radicalmente distinto al hospital. Si en su día a día todo avanza con rapidez, en el lienzo el tiempo se detiene. La acuarela, técnica que ha perfeccionado durante la residencia, se ha convertido en su forma de desconectar y, al mismo tiempo, de reconectar consigo misma.
Pinta desde pequeña, pero ha sido en esta etapa cuando ha dado un paso más, formándose específicamente en acuarela, su técnica favorita. Sus obras suelen ser paisajes, muchos de ellos inspirados en lugares que ha visitado. “No se trata solo de representar una imagen, sino de conservar una emoción, de fijar un recuerdo a través del color y la luz”, declara.
Actualmente trabaja en una obra ambiciosa: una acuarela de gran formato de la Plaza del Castillo de Pamplona. Un proyecto que requiere tiempo, constancia y atención al detalle. Precisamente tres cualidades que también son esenciales en su especialidad médica, como ella misma explica.
Porque, aunque a primera vista puedan parecer mundos alejados, Alicia encuentra un vínculo claro entre la pintura y la neumología: la paciencia. “Confiar en el proceso y no rendirse hasta alcanzar el mejor resultado posible” es una idea que atraviesa ambas facetas. En consulta, esa paciencia se traduce en escuchar, observar y ajustar cada decisión; en la acuarela, en respetar los tiempos del agua y del pigmento.
Tras una guardia especialmente dura, lo tiene claro: pintaría un paisaje de naturaleza, un lugar que le permita recuperar la calma y la ilusión. Porque, para ella, el arte no es solo una afición, es una forma de equilibrio emocional.
Alfonso Calvo, entre estrellas y colmenas
La historia de Alfonso Calvo, R4 de Alergología, es, probablemente, una de las más singulares. Su afición por la apicultura nace casi por casualidad, a partir de un proyecto familiar en un pequeño terreno heredado en un pueblo de Palencia. Lo que comenzó como una idea impulsada por su hermano, terminó convirtiéndose en una experiencia compartida que hoy forma parte de su vida.
Con tres colmenas iniciales —de las que actualmente mantienen dos— han aprendido desde cero el funcionamiento de estos insectos sociales. Desde el cuidado básico hasta el complejo proceso de obtención de la miel, pasando por fenómenos como la enjambrazón, que les obligó a recuperar manualmente un enjambre que se había desplazado a un árbol cercano.
Más allá de lo anecdótico, la apicultura le ha dejado aprendizajes profundos. El más evidente: la importancia del trabajo en equipo. Las abejas, organizadas en una jerarquía perfectamente estructurada, dedican su vida a un objetivo común. “Trabajando juntas, sacan adelante estructuras y productos muy complejos”, explica. Una idea que encuentra un paralelismo directo con la práctica clínica.
Su curiosidad científica no se detiene ahí. La astronomía es su otra gran pasión. Observar el cielo —con o sin telescopio— le permite tomar distancia, relativizar y recordar lo pequeños que somos. “Te das cuenta de que muchas cosas a las que damos importancia no la tienen tanto”, reflexiona.
Entre colmenas, telescopios e incluso una pequeña granja de hormigas que tiene en casa, Alfonso construye un universo propio en el que ciencia, naturaleza y curiosidad conviven. Un equilibrio que también se refleja en su manera de entender la medicina: con rigor, pero también con perspectiva.
Jesús Amaya, cuando el agua se convierte en refugio
Para Jesús Amaya, R3 de Cirugía Ortopédica y Traumatología, el agua no es solo un lugar al que acudir tras un día intenso, es su “zona segura”. Después de jornadas exigentes, especialmente en quirófano, sumergirse en la piscina supone una liberación inmediata. “Nada más tirarme al agua me siento relajado y libre”, explica.
La natación ha formado parte de su vida desde pequeño y hoy sigue ocupando un lugar central; no como un simple entretenimiento, sino como un pilar de su identidad. De hecho, reconoce sin rodeos que, si tuviera que definirse, se siente “más nadador que cirujano”. Una afirmación que, lejos de restar compromiso a su profesión, refleja una manera equilibrada de entender la vida.
Volver a competir tras varios años en dique seco ha sido una decisión consciente. No tanto por los resultados —aunque ha logrado hitos como un subcampeonato de España—, sino por el proceso: la rutina, el esfuerzo diario, la conexión con otros compañeros y la satisfacción de seguir superándose. “Cuando entrenas después de un día duro, te da una paz mental difícil de explicar”, reconoce.
Esa disciplina adquirida en el deporte de alto nivel ha dejado una huella clara en su práctica clínica. La meticulosidad, la capacidad de concentración o la gestión de la presión son habilidades que traslada directamente al quirófano. No en vano, compara la tensión de una competición con la de una intervención compleja: en ambos casos, cada detalle cuenta y la exigencia es máxima.
Pero, más allá del rendimiento, la natación también le aporta algo menos tangible: equilibrio. En una vida marcada por la planificación y la autoexigencia, el agua es el lugar donde todo se ordena —o, al menos, se silencia—.