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Una cena, una tarde de juegos y un torneo: la red de apoyo a Niños Contra el Cáncer


En la oficina de Pan Barcos, Alfredo repasa los últimos emails mientras piensa en cómo apoyar la gala benéfica de Niños Contra el Cáncer. En el Colegio Mayor Larraona, Carlota prepara su mochila para pasar la tarde jugando con Samuel, un niño con cáncer. Y en su casa, Sergio ultima los detalles de un torneo solidario en memoria de su mujer, que falleció de un cáncer. Tres gestos distintos, pero con un mismo objetivo: ayudar, para cambiar vidas

Imagen triple: una chica voluntaria jugando con un paciente oncopediátrico en el suelo de su casa; dos hombres en el Navarra Pádel; una mujer y tres hombres en una fábrica de pan con batas blancas y gorros.
Carlota, Sergio y Alfredo contribuyen, de manera solidaria y de distintas formas, a mejorar la vida de pacientes con cáncer.

Texto: Laura Lasa

Fotografía: Manuel Castells

4 de febrero de 2026

Lo que une a estas tres historias es una llamada serena, pero firme: todos podemos hacer algo para ayudar a quienes lo necesitan. Puede ser una aportación económica, una tarde a la semana, una idea que nace de un clic interior. 

Porque cuando la sociedad se moviliza, la investigación avanza. Y cuando la investigación avanza, crece la posibilidad de que estos niños –los que hoy pintan, leen y juegan con Carlota; los que inspiran a Alfredo; los que Bea quiso ayudar desde el Cima– tengan más futuro y más vida. 

Eso, en realidad, ya es una victoria compartida.

Alfredo: la empresa que ha transformado un gesto familiar en una cultura corporativa

Imagen de la familia Barcos (mujer, marido y dos hijos) en la nave de la empresa familiar con bandejas de pan en carritos metálicos.

Cuando Alfredo entra en las instalaciones de Pan Barcos, a las afueras de Marcilla, todavía se respira el eco de las cinco generaciones que han levantado la empresa desde 1903. En su relato hay inversiones arriesgadas, automatización puntera y una expansión internacional que los llevó a Portugal, Francia o Bélgica. Pero cuando habla de solidaridad, baja el tono y se le ilumina la mirada: “La familia siempre ha sido muy comprometida. Con los años, al ir creciendo, hemos podido ir aumentando esta generosidad”, explica.

La colaboración con Niños Contra el Cáncer empezó casi por azar. Francisco Errasti –antiguo director de la Clínica Universidad de Navarra y posteriormente del Cima– visitó la fábrica para explicarles el proyecto. Aquella conversación abrió una puerta que la familia no ha vuelto a cerrar. 

Desde entonces participan en las galas benéficas a favor del programa social de la Clínica. Son noches especiales, más emotivas que solemnes, en las que Alfredo delega la representación en sus padres. “Es su plan. Van con sus amigos, disfrutan, se emocionan… Me encanta que puedan vivir eso”.

Para él, donar no es un gasto; es una forma de devolver algo a la sociedad que los ha visto crecer. Y también una apuesta: la investigación de hoy será la salud de mañana. “Le puede tocar al de al lado y mañana te puede tocar a ti. Lo que hacemos es una pequeña parte, pero llega a alguien que lo necesita. Eso te hace sentir orgulloso”.

Quizá lo más llamativo es el “efecto arrastre”: otras empresas amigas se han sumado porque vieron en Pan Barcos una forma de colaborar y una cultura empresarial que no entiende solo de márgenes y mercados, sino de impacto social. Lo que empezó como un gesto familiar se ha convertido en una cadena contagiosa.

Carlota: la voluntaria de los miércoles

Imagen de dos voluntarias jóvenes jugando con un paciente oncopediátrico en el salón de su casa.

A cientos de kilómetros del origen de Pan Barcos, Carlota crecía en Pedrajas de San Esteban, un pueblecito de Valladolid, sin sospechar que un día cruzaría Pamplona en autobús para jugar con un niño llamado Samuel. Ahora estudia ISSA –Gestión Aplicada– y vive en el Colegio Mayor Larraona, en Pamplona. Entre clases, proyectos y vida universitaria, los miércoles tienen un brillo especial.  

Así lo decidió ella al reservarse las tardes libres para dedicarlas a pacientes del programa Niños Contra el Cáncer, al que accedió a través de Tantaka, el banco de tiempo solidario impulsado por la Universidad de Navarra. “Antes había ayudado a personas mayores, pero sentía que aquí iba a aprender mucho más. Estos niños dan lecciones enormes”.

La primera vez que llamó a la puerta de Samuel, él la recibió con la naturalidad de quien reconoce a un amigo que aún no conoce. Tenía tres años. Se pusieron a jugar como si lo hubieran hecho toda la vida. “Al final de la tarde, no quería que nos fuéramos. Y pensé: esto merece la pena”.

En cada casa, Carlota encuentra una historia distinta, pero el objetivo es siempre el mismo: evadir, crear un oasis, ser el aire fresco –también para las familias– de un día rodeado de hospitales, revisiones y rutinas poco habituales para un niño. 

A veces leen para reforzar lo que no pueden practicar en el colegio; otras, pintan, inflan globos, se entretienen con juegos preparados por el equipo de Pedagogía Hospitalaria. Pero siempre hay un instante en el que a Carlota se le olvidan la universidad, los exámenes y las tareas: “Es el mejor momento de la semana”. 

Al salir de cada casa, dice que se lleva el corazón lleno. No es una metáfora común: para ella, el voluntariado ha sido un aprendizaje radical sobre prioridades. “Nos centramos en demasiadas cosas que no importan. Ellos te recuerdan que lo esencial es muy poco, y que la salud va primero”, señala. 

Carlota ha descubierto algo valioso: su tiempo da esperanza. Y esa esperanza, que parece un detalle pequeño, es un motor gigantesco.

Sergio: del duelo a un torneo de pádel

Imagen de Sergio y César en el Navarra Pádel.

A veces la solidaridad nace del agradecimiento o de la vocación. Otras, nace del dolor. 
Sergio pasó más de dos décadas en la misma empresa. Pero cuando falleció Bea –su mujer, investigadora del Cima, deportista, capitana de un equipo de pádel y profundamente comprometida con la investigación– sintió que algo dentro de él había cambiado. “Decidí pegar un volantazo. De casa, de trabajo… Es parte del duelo”, explica.

Una tarde, mientras entrenaba, tuvo un “clic”. Una intuición. La idea de un torneo de pádel solidario. No sabe explicarlo mejor. “Llámalo señales. Era la forma perfecta de recordarla: deporte e investigación para Niños Contra el Cáncer. Era cerrar el círculo”. 

Habló con César Cruchaga, dueño de Navarra Pádel. Le pidió consejo. Y César, lejos de frenarle, le explicó el desafío logístico: si quería hacerlo en un solo día, necesitarían decenas de parejas. El resto fue tirar de teléfono. La respuesta superó cualquier expectativa: se llenó. Y no solo se llenó; hubo que cerrar inscripciones. “César alucinaba. El segundo año fue aún mejor”. 

Para Sergio, organizar el torneo no es un trabajo. Es una forma de que Bea permanezca entre quienes la conocieron y también entre quienes no tuvieron esa suerte. “Me ayuda en el duelo. Es duro, pero muy bonito. Es recordarla. Y es que la gente buena aparece”. 

Además, ha generado un efecto dominó inesperado: sus amigos empezaron a hacer microdonaciones; un jugador del torneo involucró a una empresa internacional; otros ya le piden una edición de invierno. Él sonríe, pero mantiene los pies en la tierra: “Me gustaría conseguir más y seguir creciendo. Si quieres, puedes hacer lo que tú quieras”.  

Es la versión más pura del impulso solidario: alguien que transforma el dolor en energía, en comunidad y en recursos reales para que la investigación avance.