Fuera de consulta

Enfermería oncológica: donde la ciencia se convierte en cuidado


En esta especialidad, los cuidados se viven de cerca y se convierten en el hilo conductor que transforma la experiencia de hospitalización y devuelve la esperanza incluso en los momentos más difíciles. Por las calles de Pamplona, por donde pasa ‘El Camino’, se levantan fortalezas y la luz se filtra entre los árboles vestidos de otoño, Cristina Arellano, supervisora de la planta de Onco-Hematología de la Clínica Universidad de Navarra, nos habla de tratamientos innovadores y del acompañamiento emocional que sostiene al paciente y a su familia

Imagen de Cristina Arellano mirando a lo lejos apoyada en la barandilla del mirador del Caballo Blanco en Pamplona.
Cristina Arellano es enfermera supervisora de la planta de hospitalización de Onco-hematología de la Clínica Universidad de Navarra en Pamplona.

Texto: María Marcos Graziati

Fotografía: Manuel Castells

4 de febrero de 2026

La planta de hospitalización de Onco-Hematología de la Clínica es un lugar donde la ciencia y la humanidad se encuentran y caminan de la mano. En ella, la vida transcurre entre tratamientos innovadores, decisiones clínicas complejas y conversaciones que dejan huella. Y en medio de este delicado equilibrio trabaja Cristina Arellano, enfermera supervisora, que resume su día a día en una frase que define con precisión el espíritu de la Enfermería oncológica: “Es un trabajo exigente, pero también muy bonito, porque lo haces pensando en el paciente y cerca de él”.

Su mirada ofrece una ventana a un ámbito asistencial que combina alta especialización, acompañamiento emocional y una presencia constante junto al paciente y su familia. Un área donde los avances científicos requieren conocimientos cada vez más precisos y una actualización constante, pero donde la clave continúa siendo “estar cerca, observar, anticiparse y acompañar”. Y es que el conocimiento, cuando se une a la humanidad, no solo cura, sino que da dirección. 

Un trabajo técnico… y profundamente humano

Para entender qué distingue a la Enfermería oncológica, Cristina lo explica en tres planos: el técnico, el emocional y el proactivo. A nivel técnico, los cuidados en el cáncer han cambiado radicalmente en los últimos años. Las enfermeras deben conocer dispositivos, fármacos complejos, inmunoterapias o ensayos clínicos en marcha, donde, además, la Clínica es pionera. “Necesitas saber manejar bien los tratamientos actuales, que no solo son más eficaces, sino más personalizados”.

Al mismo tiempo, una buena enfermera de Oncología debe saber adelantarse a cosas que le puedan pasar al paciente o ver venir complicaciones. “Cuanto antes detectes lo que está ocurriendo, antes se actúa, y eso es algo fundamental en esta especialidad”.

Pero la parte emocional es igual de exigente. Los pacientes ingresan durante días o semanas, muchos sufren reingresos, necesitan apoyo, información y, sobre todo, una figura de referencia. “El paciente te ve como su referente. Te llaman la familia, el médico, el Servicio de Farmacia… Y tú le representas en todo momento”. 

En este sentido, Cristina lo expresa con claridad: “Lo técnico se aprende; lo intangible, no. Se puede trabajar, se puede mejorar, pero tiene que haber una base que viene dada por la propia personalidad”. Ese intangible es saber entrar en una habitación, detectar cómo está una familia sin que digan una palabra, interpretar silencios, decidir si el paciente necesita hablar o necesita paz. “Hay cosas que no se pueden medir, que son menos objetivas, pero tan importantes como la parte técnica”, concluye.

Imagen silueteada de Cristina Arellano, enfermera supervisora de la planta de hospitalización de Oncohematología de la Clínica Universidad de Navarra en Pamplona, con uniforme.
“Para mí, la esperanza también es hacer muy bien el proceso con cada paciente. Saber cuándo seguir, cuándo parar y cuándo acompañar”

CRISTINA ARELLANO
Supervisora de la planta de hospitalización de Onco-Hematología

Acompañar es también saber poner límites

La Enfermería, cuando hablamos de cáncer, implica saber acompañar, pero también saber no desbordarse. La empatía debe sostener, no hundir. Cristina lo resume con una metáfora sencilla, pero muy gráfica: “Si una persona cae a un hoyo y tú te tiras con ella, no ayudas. Tienes que agacharte, darle la mano y ayudarla a subir”. 

El autoconocimiento y el apoyo del equipo son fundamentales para aprender a procesar estas vivencias, a actuar correctamente y a ser realmente de ayuda para los pacientes. Por eso, en la planta realizan sesiones mensuales con la Dra. Marina Martínez, psicooncóloga de la Clínica, para compartir emociones y aprender a cuidarse para poder cuidar.

Un vínculo que trasciende 

La experiencia del paciente oncológico hospitalizado es mucho más que una cama y un tratamiento. El ingreso se convierte en un espacio de acompañamiento continuado. Cristina lo explica así: “Conoces a la familia, a los hijos, sabes lo que le gusta comer, sus aficiones, si tiene un buen día o si algo le preocupa. Se crea un vínculo que quizá es más difícil de establecer en otras especialidades”.

Además, en la hospitalización oncológica la familia se convierte en “el otro paciente” y hay que saber ofrecerles lo que necesitan para seguir adelante. Cristina lo ve a diario: “Detrás de un familiar enfadado suele haber una persona que está sufriendo, porque se enfrentan a situaciones muy duras. El problema nunca es 'que hemos tardado un poco en llevarle algo', y nosotras tenemos que saber interpretar y entender lo que está sucediendo ahí”.

En una planta como la de Onco-Hematología, hay ocasiones en las que toca afrontar momentos complicados en los que las malas noticias alcanzan al paciente y a su familia como un dardo a una diana. Aquí, Cristina lo tiene claro: “Hay veces en las que no puedes curar, pero siempre puedes cuidar y acompañar hasta el final”.

Sin embargo, contra todo pronóstico y el ideario general, esta planta también está llena de luz y tiene espacio para la risa y la vida más allá de un diagnóstico. Por eso, desarrolla un programa creciente de humanización con conciertos, pintura, cine o actividades lúdicas pensadas, organizadas y dirigidas por las propias enfermeras. “Ver a un paciente de 80 años pintando con acuarelas como un niño… Merece la pena solo por esa sonrisa. Además, la tecnología ayuda, pero no sustituye. Lo esencial sigue siendo el cuidado humano”, explica Cristina.

Imagen de Cristina Arellano caminando por el callejón del Caballo Blanco en Pamplona.

Cristina paseando por el callejón del Caballo Blanco, uno de los sitios emblemáticos del casco antiguo de Pamplona.

 

Imagen de Cristina Arellano caminando al final del puente de la Magdalena en Pamplona.

El Puente de la Magdalena es paso de entrada a Pamplona para los peregrinos que hacen el Camino de Santiago.

Reuniones multidisciplinares que ahorran tiempo y sufrimiento

Detrás de cada decisión clínica en la hospitalización oncológica hay un engranaje complejo que involucra a numerosos profesionales. Para Cristina, esta coordinación es crucial: “Si no, se convierte en el teléfono escacharrado. Todos tenemos que ir a una”.

Por ello, la planta ha consolidado reuniones estructuradas que permiten revisar los casos de manera profunda y conjunta. Con Oncología Médica, por ejemplo, mantienen dos encuentros semanales: uno centrado en cada paciente y su evolución a medio plazo, y otro más amplio con la participación de Farmacia, Psicooncología, Nutrición, Rehabilitación y Control de Síntomas y Medicina Paliativa. De forma similar, con Hematología se celebran sesiones específicas —especialmente en el Área de Terapia Celular— que incluyen a Pediatría e Infecciosas para abordar casos complejos.

Estas reuniones no solo optimizan la toma de decisiones, sino que aportan claridad, alivian incertidumbres y permiten actuar con rapidez ante cualquier cambio. En palabras de Cristina, ayudan a que “todos tengamos un objetivo común” y evitan que el paciente —y su familia— queden atrapados en un laberinto de interlocutores. En un contexto donde una intervención precoz puede marcar la diferencia, esta organización es esencial para reducir sufrimiento y mejorar resultados.

El nuevo paciente oncológico

El perfil del paciente oncológico ingresado está cambiando. A la planta llegan cada vez más personas procedentes de distintos países, con culturas y lenguas muy diversas, atraídas por tratamientos punteros, nuevos ensayos clínicos o terapias celulares que no están disponibles en sus países de origen. Esta realidad, explica Cristina, introduce un reto añadido en el día a día asistencial: “A veces te comunicas por mímica, porque no compartes ni una palabra del idioma”.

Además de la barrera idiomática, se suman las diferencias culturales, especialmente en torno a la alimentación, las rutinas y la manera de expresar el dolor o el malestar. “Tenemos pacientes de muchos lugares del mundo, cada uno con sus costumbres y su comida, y eso también es importante para que se sientan cuidados y acompañados”. La adaptación de ciertos menús o la participación del Área de Gastronomía y Nutrición ilustra cómo pequeños gestos pueden aliviar la sensación de desarraigo del paciente y su familia.

Pero, aunque la diversidad cultural plantea desafíos, también refuerza una certeza: el cuidado humano trasciende idiomas y fronteras. Cristina lo resume así: “El lenguaje universal del cuidado siempre funciona”. Y en esa conexión —miradas, gestos, presencia— se sostiene buena parte de la experiencia positiva del paciente durante el ingreso.

La esperanza, el hilo que sostiene todo el proceso

La esperanza impregna cada fase del tratamiento oncológico, y Cristina la concibe desde dos vertientes inseparables. La primera es la científica: los avances en terapias dirigidas, inmunoterapia o trasplantes han permitido que pacientes con pronósticos muy adversos mantengan una buena calidad de vida. “Hemos visto casos que parecían imposibles y ahora vienen a contarnos que han vuelto al colegio o que han ido a jugar al fútbol”, recuerda con emoción.

La segunda dimensión es la del cuidado cotidiano, ese trabajo silencioso que acompaña tanto en los momentos de mejora como en los de despedida. “Para mí, la esperanza también es hacer muy bien el proceso con cada paciente. Saber cuándo seguir, cuándo parar y cuándo acompañar”. Este equilibrio —entre luchar y aliviar, entre intervenir y respetar— define la madurez clínica y humana de la Enfermería oncológica.

En una planta donde conviven tratamientos avanzados, emociones intensas y decisiones difíciles, la esperanza no es ingenuidad: es un modo de mirar. Y es, sobre todo, un compromiso: con la vida, cuando puede prolongarse, y con la dignidad cuando toca despedirse.